La imaginación post-pandemia y el peligro de las metáforas

Vernos confinados, junto a toda la población de España, Italia, Francia, Gran Bretaña, Argentina y muchos otros países, está siendo una experiencia inédita que seguramente nos cambiará, aunque aún no sepamos cómo. Nunca se había encontrado la humanidad en la situación de enfrentarse conjunta y casi simultáneamente a un enemigo común y prácticamente desconocido hasta que se materializó su ataque (me resulta inevitable aquí el vocabulario bélico, que luego discutiré). Una extraordinaria circunstancia en que todos éramos igualmente ignorantes ante este virus recién aparecido (salvo ciertos especialistas que, por la novedad de esta Covid-19, sabían y saben bastante poco) y todos necesitábamos saber más, nos sentíamos urgidos a entenderlo cuanto antes, pues comprendíamos que nos iba en ello algo vital. En los 20 últimos días de marzo de 2020 esta España confinada ha sido un lugar idóneo, entre muchos otros, para observar en vivo y en directo la búsqueda colectiva de conocimiento que se daba casi simultáneamente en los laboratorios, en los medios y en las redes interpersonales.

Se ha producido la ilusión de ver en acción a gran escala lo que alguien, un tanto apresuradamente, llamó la inteligencia colectiva. Para Pierre Lévy, la inteligencia colectiva es la capacidad que nos da la conexión de múltiples ordenadores en red de valorizar, utilizar óptimamente y poner en sinergia las competencias, las imaginaciones y las energías intelectuales provenientes de cualquier forma de saber y de cualquier lugar (Cibercultura, 2007). Me interesa subrayar, como hace Lévy, la necesaria asociación de la imaginación con las demás competencias intelectuales y tecnológicas, pero ¿qué significa “colectiva” en su definición? No parece que sea la inteligencia del común o la que orienta las demandas y los juicios sobre lo político, donde estamos muy lejos de ver una gran inteligencia compartida por la ciudadanía. Pero esta es precisamente la que es más necesaria ahora.

La inteligencia colectiva es sólo una entelequia, o una interesante posibilidad, hasta que las competencias, las imaginaciones y las energías intelectuales de una colectividad se concentran en un mismo objeto, como ocurre a menudo en los laboratorios y equipos de investigación. Y como ha ocurrido ahora a gran escala cuando, en muy diferentes lugares del mundo, tanto las personas del común como las formadas en las varias ciencias o las dedicadas a la gestión de lo público, buscamos comprender cómo se debe actuar frente a esta peligrosa epidemia de Covid-19. En ese mes de marzo, los medios no hablan de otra cosa, los teléfonos y los chats en red, impulsados por la avidez de conexión a distancia, ahora que encontrarse en persona es imposible, lo tienen también como tema estrella. Unos y otros recogen constantemente informaciones y opiniones de los expertos en medicina, epidemiología, virología, así como síntesis gráficas de datos o ensayos de divulgación, verbales, visuales, audiovisuales (buenos y malos), que se multiplican en nuestras pantallas para tratar de aportar algo más a la apremiante demanda de saber de quienes habitamos este globo infectado. Una colectividad de cientos o miles de millones de personas está tratando al tiempo de comprender un mismo objeto, la Covid-19, por todos los medios a su alcance. Aprendemos velozmente sobre virus, formas de contagio y de protección, tiempos de infección sin síntomas, formas leves y graves de infección … y también sobre el territorio próximo, donde los cuerpos pueden ser infectados, cuidados o enterrados, y sobre su dependencia translocal y su dimensión política (y empezamos a comprender que la diferencia de salarios entre nuestro país y otros lejanos y la “deslocalización” de la producción hace que hoy carezcamos del material médico y sanitario necesario para salvar vidas). El aprendizaje compartido de estos días da lugar a una forma, aún limitada, de inteligencia colectiva a gran escala que no es una entelequia, sino una capacidad distribuida y elaborada conjuntamente para actuar frente a un problema común. Una inteligencia compartida que debe mucho a la calidad y la creatividad de ciertas formas actuales de divulgación y a recursos clave de la cibercultura, como las simulaciones informáticas que, con su capacidad de “hacer variar fácilmente los parámetros de un modelo y de observar inmediatamente de manera visual las consecuencias de esta variación, constituyen una verdadera amplificación de la imaginación” (Lévy), tan útiles al conocimiento científico como al común.

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