Tecnología como ensoñación. Ensayos sobre el imaginario tecnocomunicacional, Cabrera, Daniel H. (2022)

+ info: Universidad de la Frontera. Biblioteca digital

La palabra «posverdad», celebrada en 2017 por el marketing del diccionario Oxford, introdujo en el debate público la idea de que el discurso político puede desentenderse de la verdad factual de los hechos y de los datos. Nada demasiado nuevo para quien conozca la existencia de El príncipe de Maquiavelo, donde el engaño ocupa un importante lugar: «Sus engaños le salían bien, siempre a medida de sus deseos, porque sabía dirigir perfectamente a sus gentes». Sin embargo, la digitalización de la conversación pública ha dejado de manera más clara la relevancia de la afectividad en la percepción de la «realidad». «Vemos lo que queremos ver», lo que refuerza nuestras creencias previas, lo que se ajusta a nuestra idea del mundo y, todo ello, reforzado por las redes sociales, donde la experiencia fundamental es el acuerdo que amplifica las ideas previas, sean sobre lo que sean, independientemente de la verdad fáctica. Hace unos años un pequeño grafiti en una universidad española afirmaba: «¡Seamos realistas!» y a continuación, con letra que evidenciaba a otro autor, respondía: «Prefiero ilusionistas». La energía gráfica del primero, escrito con trazos gruesos, letras imprentas mayúsculas y con un signo de admiración, contrastaba con la sencillez del trazo simple del segundo. El uso de la palabra «ilusionista», en contraposición a «realista», sorprende y resulta interesante. Un autor ha utilizado una exhortación en primera persona del plural para el realismo y la respuesta destaca una preferencia y un deseo en primera persona del singular: el ilusionismo, con un estilo gráfico fantasmal que parece reforzar la timidez de su anhelo. Nada de idealismo ni de ideales como se sostenía en las décadas del sesenta y el setenta del siglo pasado. En estas épocas se prefiere la ilusión: la capacidad de ilusionarse y las ilusiones gestadas. Los ideales y la ilusión parecen oponerse porque los primeros se relacionan con las ideas y con una racionalidad, mientras que la segunda se vincula con la fantasía e incluso la alucinación. El idealismo —como el realismo— acepta la discusión acerca de la verdad; el ilusionismo apuesta por el deseo, la confianza y, posiblemente, por lo divertido. Vivimos en un mundo donde los ideales se muestran vacíos y huecos, como una impostura para sostener de cara a la galería. ¿Es este un mundo peor que el mundo de los ideales? La respuesta afirmativa se antoja más rápida y con muchos adeptos. Sin embargo, no hay que confundirse. Ante todo, hay que destacar que esta actitud no es «posmoderna » —como suele utilizarse esta palabra en los pasillos universitarios—, sino más bien «pos-posmoderna», para seguir el uso lingüístico. Hay un rechazo de la realidad y de los ideales tal vez porque se los supone creadores de la sociedad en la que viven. Por supuesto, como en el caso de la religión, hay individuos que siguen defendiendo la realidad y los ideales (eso desató el «debate» grafitero) y preparan su currículo para ello. Sin embargo, hoy muy pocos jóvenes «se creen» «eso de la realidad» y de los ideales expuestos como justificativos de un tipo de comportamiento ordenado y, por lo tanto, aburrido. La confusión viene cuando se piensa que a los jóvenes solo les interesa lo divertido. Ellos parecen querer otra cosa: ilusión, es decir, esperanza y capacidad de imaginar. El «realismo» y su hermano el «idealismo» no proporcionan esperanzas ni capacidad de imaginar, porque parten de un estado de cosas como una ley a la que hay que obedecer para conseguir el éxito (profesional, personal, etc.). El cumplimiento y la defensa de la ley de la realidad ya no atraen a nadie y, por ello, no es casualidad que desde hace unos años el tema de moda en las empresas y los gobiernos sea la innovación y la creatividad referidas a los entornos laborales, las empresas, las sociedades, las ciudades y, por supuesto, a las personas. De todas maneras, esta defensa de la innovación y la creatividad tiene el mismo objetivo que la sociedad persigue desde hace unos doscientos años: la productividad y la competitividad del sistema económico social. Este libro pretende enfocar algunas posverdades e ilusiones relacionadas con las nuevas tecnologías. Ilusiones y su rol en una sociedad con la creación de un tipo particular de sociedad en la que vivimos. No se discute la verdad de las ilusiones, sino su función en lo que la gente imagina, piensa, decide y hace. «Ilusiones» es una de las maneras de nombrar lo que las teorías sociales entienden como imaginario social y que llamaré ensoñación social. Para ello hay que comenzar destacando las señales y los caminos del viaje al que la lectura invitará.

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