Desde hace unos años, las plataformas de pódcast y de vídeo y las aplicaciones de mensajería han ido implantando la velocidad de reproducción variable, lo que ha dado lugar a prácticas de consumo nuevas. Esta opción de incrementar el ritmo de reproducción no es una novedad, ni tampoco un elemento exclusivo de las herramientas digitales, y ha generado diferentes tipos de debates y argumentos, tanto desde el punto de vista de la recepción como desde la óptica de quien ha creado los contenidos.

Las aplicaciones de mensajería son las últimas que se han sumado a ofrecer una velocidad de reproducción variable. Ya no hace falta escuchar los mensajes de voz a la misma velocidad a la que se han registrado, sino que es posible acelerar la reproducción hasta reducir la duración a la mitad. Desde hace unos años, esta posibilidad se ha ido implantando en las plataformas de pódcast primero y en las de vídeo después, y a su alrededor han surgido nuevas prácticas de recepción. Se habla de podfast o speed watching para referirse a la acción de reproducir de manera acelerada los contenidos digitales. El argumento principal para esta práctica es, claro, el tiempo. Tener más en menos; ver dos episodios en el tiempo de uno, escuchar tres programas en el tiempo de dos, eliminando así cosas de la lista de pendientes. Es del todo evidente que, al margen de quién lo hace o no, esto puede entenderse como un signo de los tiempos. Es otro síntoma de una economía digital que explota la atención como un recurso escaso y en la que los ritmos habituales suponen un tope que se intenta vencer y empujar más allá.[1]

Se empezó a hablar de estas prácticas hacia 2016 a raíz de algunos artículos periodísticos que los analizaban, y hay también numerosas entradas en fórums o similares que nos hablan desde la experiencia o la sorpresa. En ellos encontramos distintos tipos de debates y argumentos, la mayoría desde el punto de vista de la recepción pero también algunos desde la óptica de quien ha creado los contenidos. Si el del tiempo es el primer argumento –asociado a una especie de obligación de «mantenerse al día» ante la gran cantidad de contenidos disponibles–, también aparecen otros como, por ejemplo, el afán de completar. Encontrar un pódcast nuevo y querer escuchar todos los programas anteriores, o pensar en ver una serie y necesitar completar todas las temporadas; estas necesidades parecen derivar de la aparente lógica de archivo que sustenta muchas plataformas de internet, así como de una especie de pulsión coleccionista.

Desde el punto de vista de la creación, hay una resistencia a aceptar prácticas como estas (pidiendo, por ejemplo, la no implementación de estas opciones en las interfaces), ya que se critica que ver o escuchar de esta manera destruye el objeto y sus efectos. Nadie pondrá en duda esto, pero existen argumentos paralelos que desplazan o matizan esta destrucción. En muchos casos, se plantea una división entre información y obra en la que la idea es que, aunque no uno vea la serie ni escuche el pódcast tal y como ha sido pensado, sí extrae toda la información (sabe qué pasa, de qué se ha hablado). Un argumento que, de manera colateral, produce una interesante categorización de los objetos culturales en la que la música parece resistirse a este tipo de descomposición de los elementos: un servicio de streaming de audio como Spotify ofrece la reproducción variable para pódcast pero no para música. Otro razonamiento relacionado es el de algunos usuarios que afirman que el incremento de velocidad ajusta el ritmo de la obra a su interés y necesidad de estímulos. Si esta fórmula se sustenta en la personalización, cabe señalar que los podfasters y similares explican muchas veces que escuchar o ver reproducciones aceleradas es como un entrenamiento en el que poco a poco van pasando a velocidades cada vez más altas; como si se tratase de adquirir una nueva capacidad.

La observación de esta práctica concreta, como tantas otras, puede ser fascinante al ir tirando del hilo y viendo las ramificaciones. Por mencionar una última, parece que a nivel publicitario esto no es algo que preocupe (o esta parece ser la reacción corporativa de las plataformas para no reducir estos ingresos). El impacto del anuncio no se pierde e incluso se defiende que puede ser mejor, ya que es menos probable que quien así escucha o mira se salte las interrupciones publicitarias. Pero esta práctica no solo nos interesa como parte del presente, sino porque resuena también con el pasado.

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