Academia (des)acelerada. Encierros, entusiasmos y epidemias

 

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Transcribimos su introducción:

En el 2020, gran parte de la humanidad vivió una pandemia transmitida en streaming global. A cada instante y en todos lados se informaba del avance de los contagios, los enfermos graves, los muertos, las restricciones gubernamentales. Lo que sucedía en lugares lejanos tenía relación directa con lo que se vivía en “mi pueblo”, cualquiera sea ese sitio. En ese momento la posibilidad de continuar las clases universitarias y con ellos los procesos educativos se realizó por medios digitales. La respuesta fue el apantallamiento de la universidad, en pocas horas se pasó de las aulas a las láminas luminosas.

La consigna parecía ser “no parar”. Como cuando se aprende a pedalear en bicicleta, el consejo era seguir, mirar adelante, concentrarse en el camino y no en los laterales, continuar para no perder “el curso”. La universidad lleva tiempo mirando adelante sin prestar atención al presente, al aquí y ahora de las biografías dañadas por la crisis económicas, pandémicas, bélicas. La universidad, el lugar por excelencia de la humanidad, parece funcionar sin que les interese los seres humanos que la componen, que la construyen, que la mantienen. Y los que llevan adelante este movimiento son los profesores convertidos en autoridades. Profesorado que en el momento de asumir como autoridades y administradores parecen transformarse en institución, como si perdieran su condición de persona concreta para transmutarse en esta. “Lo primero es la institución, las personas van y vienen”. Una consigna autoritaria que se hace sentido común. Las personas, sus familias, sus situaciones concretas no son algo atendible más allá de “derechos y deberes” laborales. Las políticas de cuidado les toma por sorpresa, cuidar no es solo una cuestión de derecho, sino una condición de humanidad.

Entre la “amenaza” del virus, de encierro, de una economía endeble, por un lado, y de la sensación de estar arrojado a la improvisación digital, por el otro, la percepción del profesorado en el confinamiento pandémico fue la del despojo. Parecía que la transición del aula a las computadoras era el destierro del “paraíso” de la presencia al “infierno” de la virtualidad apantallada. Esto llevó a reflexionar sobre la tarea universitaria, la del profesorado, el alumnado, el encuentro en el aula.

¿Del paraíso de la presencia al infierno de la virtualidad?

La tecnología universitaria siempre ha sido virtual. Un libro es un encuentro virtual con el autor, con lo narrado. Los maestros y maestras están presentes a través de sus escritos, de sus enseñanzas. La universidad nació y se estructuró para el conocimiento virtualizado por la escritura, por ello, ha sido clásicamente un lugar de virtualización. Un lugar donde el aquí y ahora del encuentro del aula no coincidía con el aquí y ahora del libro, de sus historias y de sus autores. Por ello, el enfoque de la educación consiste en “transmitir” (“transportar”) el conocimiento según el principio comunicacional de la diseminación. Es decir, el profesorado como sembrador arroja las semillas del saber a las diferentes “tierras” que componen el alumnado. Así, las responsabilidades se reparten entre el agente con poder que “siembra” y los que “deben” hacer germinar y crecer esas enseñanzas.

La introducción de tecnologías digitales –ordenadores, buscadores, bases de datos, documentos digitales, plataformas docentes, etc.– no ha modificado aún la dinámica centenaria de la universidad. En esta situación, la universidad sobrevive porque mantiene el monopolio legítimo de las acreditaciones formativas (títulos de grado y de posgrado) otorgadas por el Estado. Si en algún momento un Estado decidiera equiparar la institución universitaria con la formación por parte de las empresas de otros sectores, es probable que la desorientación hundiera la vieja institución convencida, como está, de que su objetivo es la “empleabilidad”.

La virtualidad de la educación presencial está tan naturalizada que no se percibe como virtualización. Está tan habituada que la presencia física en el aula nos hace olvidar las otras presencias, no físicas, que se dan en el proceso de aprendizaje. Este problema puede (y debe) ser tratado desde sus diferentes aspectos. En el presente volumen se la aborda desde la experiencia de la práctica educativa universitaria en el contexto del proceso de reforma del Espacio Europeo de Educación Superior, llamada “reforma de Bolonia”, acentuada por la experiencia de la pandemia COVID-19 incluido el confinamiento general de la población. Asimismo, teniendo presente uno de los efectos de la tecnología, que consigue alejarnos de los cuerpos y, con ello, de los problemas que subyacen en la realidad material de quien los habitan, Raquel Tarullo en el capítulo 2 e Izabela Korbiel en el capítulo 3 reflexionan sobre esta cuestión en el caso de las mujeres.

La consigna de no parar y la urgencia digital

La pandemia arrojó a la universidad a la piscina digital para enfrentar el imperativo de “no parar” y de “garantizar” la educación. Las clases magistrales, con algunas excepciones, se convirtieron en programas radiales con cámara, en videos de YouTube o en lives de Instagram. Míriam Civera Jorge realiza un repaso de estas tecnologías en el capítulo 4. Bajo el uso de “nuevas herramientas” nada cambió esencialmente el modelo de comunicación. Las evaluaciones institucionales son optimistas con los “resultados” del uso de tecnologías digitales durante las restricciones de movilidad por la pandemia.

Enfrentar la urgencia con herramientas digitales no es transformar la educación. De hecho, se acentuaron las inercias de “transmitir” conocimiento para “certificar” los estudios. La universidad como el resto de la sociedad no concibe ralentizar su movimiento ni, mucho menos, el parar las actividades como una opción. Esta cuestión la trabajan Germán Llorca-Abad y Anastasia-Ioana Pop en el capítulo 5.

Y por ello, la universidad corre el riesgo de esconder los hechos: solo se logró emparchar la educación con “herramientas” de otro tipo para “seguir adelante”, pero no se han realizado reflexiones serias sobre los procesos y los objetivos del aprendizaje y la educación bajo el efecto transformador de las tecnologías digitales. Profundizar y reflexionar sobre este diagnóstico requiere, entre otros enfoques, una mirada comunicacional que ayude a movilizar prácticas educativas transformadoras. La falta de diagnósticos sinceros llevará a que la iniciativa sobre una universidad del futuro la tomen los burócratas con intereses privados. Esa posible universidad, tal vez se siga llamando de esta manera por inercia, pero será una institución dirigida por inteligencia artificial alimentada por los datos de sus miembros y administrada por “técnicos” no “políticos”. Expertos en el know how, pero incapaces de pensar en los fines y el sentido de lo que se hace. Se trata, como señala César Rendueles, en el capítulo 6, de un proceso de desincrustamiento que aleja al profesorado universitario de la autonomía del pensar.

Preparar la universidad para el gobierno de los “técnicos expertos”

Este proceso comenzó hace dos décadas. Tiene el nombre de “Sistema de Calidad” y su lógica liberal gobierna los discursos y las acciones oficiales de los gobernantes universitarios. El sistema de calidad es el conjunto aparentemente heterogéneo compuesto por el modo de promoción del profesorado, la certificación de personas, títulos y universidades con su velocidad, cortoplacismo, acento de los procesos, nula importancia de los contenidos, el sistema de publicación privatizado, etc. Los artículos académicos, como el paradigma de la calidad productiva, se publican en revistas revisadas por pares que poca circulación encuentran fuera de su ámbito de especialización. Surge entonces la necesidad de una academia expandida más allá de estos límites, como señala Concha Mateos en el capítulo 7.

Todo ello implica una lógica de productividad cuantitativa del profesorado e investigadores como miembros de una universidad que busca adaptarse al mercado laboral persiguiendo la “empleabilidad” de sus graduados y graduadas. Y no solo la docencia sino también la investigación se orienta por la posibilidad de encontrar una financiación y no necesariamente por las urgencias y necesidades de la sociedad.

Estas décadas son una fase de lo que Lewis Mumford llamó “preparación cultural”, un período en el que aún invisible la tecnología por venir se adecúa a los individuos y a la sociedad para que su “llegada” coincida con habilidades aprendidas y con la “convicción” o “sentido común” de su “necesidad”. Una preparación para la llegada de la máquina, es decir, un conjunto de automatismos que se concentra en habilidades concretas que deben ser realizadas para el buen funcionamiento del sistema en su conjunto como si fuera una máquina. Poco espacio queda en este escenario para prácticas como la pedagogía de la correspondencia, abordada por Laura Castro Roldán y Elisa García Mingo en su capítulo 8, que sugieren nuevos modos de ser y de pensar.

Entre la preparación sobresale la actual estrategia de culpabilizar al individuo cuando algo no funciona bien. El ordenador, la aplicación, el software, etc. no se equivoca, “seguro soy yo que estoy haciendo algo mal”, se escucha decir. La máquina no se equivoca, sus algoritmos persiguen sus objetivos ciegamente, el error está en el humano que introduce los datos o que manipula sus opciones, etc. Y, sin embargo, todos los sesgos de aquello considerado como neutro condicionan incluso las formas de pensar y crear en la academia, como contempla Dafne Calvo en el que es capítulo 9.

La institución y la sociedad siguen la misma lógica: la crisis económica la sufren los que “viven por encima de sus posibilidades”; los que se quedan sin trabajo es porque no han sabido adecuarse y prepararse a tiempo. Y la lección que debe aprenderse es, entre otras, la “formación permanente”, la constante situación de aprendizaje certificado por instituciones. Todo ello conduce a una sociedad y una subjetividad que siempre debe algo, siempre está en deuda con el mercado, con las empresas, con “lo que se viene”. Sujetos en estado de escolaridad cuantitativa permanente, sujetos que constantemente deben esforzarse para estar al día, sujetos que deben medir sus acciones y esfuerzos en su capacidad para responder a “algo que vendrá”. Y ese algo, además, se condiciona por las propias jerarquías aún presentes en el ámbito universitario, tal y como argumenta Alex Iván Arévalo Salinas en el capítulo 10. Y tiene un impacto en las etapas tempranas de la carrera investigadora, como señalan David Lava Santos y Cristina Navarro Robles en el capítulo 11.

Sin esta subjetividad disciplinada y siempre deudora nadie podrá asegurarle al individuo el trabajo, el éxito profesional, la realización personal, el reconocimiento. La máquina no se equivoca, si algo no funciona, es porque el individuo no hace las cosas bien. La culpabilización de los individuos es la contracara de la cuantificación y la aceleración de la vida universitaria que prepara la llegada de la máquina. ¿Y cuál es la tecnología que “vendrá”? Una institución cuantificada y procedimental dirigida por una administración “técnica” de “expertos” que haga de la universidad una empresa al servicio del sistema económico. Hace mucho tiempo que la universidad no habla de las necesidades de la sociedad, de la injusticia social, de las contradicciones del sistema socioeconómico, de la producción sistemática de pobreza, de la generación inevitable de personas descartables, de la desigual distribución de la riqueza. A la universidad se la vacía de “humanidad” y de “sociedad” y en su lugar se ponen la empresa capitalista y la organización neoliberal de su actividad como entidades incuestionables a las que hay que proveer de mano de obra optimista, entusiasta, flexible, “pro-activa”, adaptable y siempre servicial al poder de turno.

Si la universidad sobrevive aún es gracias al monopolio legítimo de las certificaciones. Y para que los Estados le concedan ese privilegio les piden cada vez más un modelo de educación funcional al sistema de apropiación del trabajo ajeno para el enriquecimiento de unos pocos y la perpetuación de la desigualdad social. Para ello, el universitario debe ser un sujeto flexible y adaptable. Lo único fijo que se le pide es su permanente capacidad de adaptarse a lo nuevo. No hay contenidos necesarios, no hay historias que aprender, no hay valores que considerar, excepto el de la flexibilidad y adaptabilidad a las necesidades empresariales. Solo en ocasiones, como la planteada por Ricardo Viscardi en el capítulo 12 sobre el contexto uruguayo, el profesional de la academia pasa a transformarse momentáneamente en un sujeto político con reivindicaciones propias.

Funcionarios y/o entusiastas

La pandemia presentó la urgencia de una vitualización digital, pero reduciéndola a una cuestión de cámaras, pantallas, micrófonos, programas informáticos, etc. Eso es su apariencia engañosa, sus aspectos externos que esconden el problema: la necesidad del sistema tecnológico de convertir todos los procesos, acciones e intervenciones en dígitos informáticos para alimentar una gran base de datos con procedimientos algorítmicos de inteligencia artificial. Y todo ello para estar disponible para su lectura y ejecución por un técnico administrador general de la universidad.

El sistema de calidad tiene una afinidad electiva con la digitalización de la universidad. La transformación de la actividad en procedimientos e indicadores cuantificables se relaciona directamente con su conversión en datos para ser tratados algorítmicamente. La autoridad que hace falta para manejar este enfoque no es de perfil político, sino técnico. Y, sin embargo, las soluciones incluidas en las proyecciones de futuro no tienen que ver con la técnica, sino con la política. Esta capacidad de imaginar y constituirse queda plasmada en el capítulo 13, de Carmen Haro y Elisa Fuenzalida, y en el capítulo 14, de Lorena Cano-Orón y Germán Llorca-Abad.

Esta situación ha transformado por completo la formación y la actividad del profesorado universitario en una vida dedicada a correr aceleradamente para certificar toda su acción profesional aún a costa de su vida personal. En la pandemia esta situación quedó al descubierto. Aprender los ritmos de la creatividad se convierte en una misión central para el pensar presente y futuro, como sostiene Clare Holdsworth en el capítulo 15. Y las reacciones han permitido exponer la actual transformación del imaginario funcional al entusiasta.

El imaginario funcionarial se preocupó por cómo hacer en esta nueva situación para, por ejemplo, garantizar la realización de exámenes (modo de ejecutarlos, vigilancia, etc.); justificar la actividad administrativa (horarios, realización de formularios, etc.); acreditar la tarea realizada, visibilizar los “problemas”; justificar la imposibilidad de hacer las cosas como antes, etc.

El imaginario funcionarial “funciona haciendo funcionar” tan adecuadamente a la universidad que, en el cumplimiento ciego de sus obligaciones, prepara el terreno próximo en el que será prescindible. Su trabajo resulta, a momentos, incuestionable, como explica Roberto Follari en el capítulo 16. Paradójicamente, su accionar atenido a normas evidenciado en la crisis de la pandemia muestra el camino de su extinción. Desaparecerá reemplazado por máquinas algorítmicas que harán su trabajo.

En su lugar hemos visto el surgimiento del imaginario entusiasta que en la pandemia se manifestó, entre otros modos, enseñando todo lo que se puede hacer con tecnologías y aplicaciones diversas, demostrando su capacidad de trabajo enviando mensajes profesionales y personales por todos los medios a toda hora y sin diferenciar día de la semana, mostrándose orgullosos de la hiperactividad “creativa”, confundiendo uso de tecnología con “moda”, “modernidad” y/o “juventud”, trabajando con gran entrega e invitando a sus compañeros a trabajar gratis, compatibilizando las tareas del cuidado, de enfermos, mayores y niños, con las laborales en un mismo espacio y tiempo. La personalidad entusiasta no distingue entre viejos y jóvenes, mujeres y hombres, contratos temporales y fijos con todas sus combinaciones en diferentes situaciones laborales. El entusiasta, analizado en el capítulo 17 de Remedios Zafra, es la subjetividad necesaria en una sociedad cuyos cambios técnicos y económicos son muchos más rápidos que la capacidad de la sociedad para adaptarse.

La necesidad de ajuste sin reflexión, sin tiempo para pensar, sin posibilidad de ver hacia dónde se dirigen los cambios, sin capacidad para evaluar sus consecuencias humanas, etc. No parece que una institución como la universitaria, cuyos administradores usan el eufemismo de “distintas sensibilidades” para referirse a la política educativa, pueda encontrar un camino alternativo al marcado por el capitalismo cognitivo actual. Y con ello pierde su principal función social: la de cuestionar el curso fijado como necesario e investigar y promover caminos alternativos de belleza y justicia.

Calvo, Dafne; Llorca-Abad, Germán; Cano-Orón, Lorena, Cabrera, Daniel, H. (coordinadores del libro)

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