El pasado 15 de marzo Andrew Marr entrevistó en la BBC a la ministra de Asuntos Exteriores de Corea del Sur, Kang Kyung-wha. Esta mujer, que representa al país que a finales de enero fuera el segundo foco mundial de la Covid-19, contó cómo habían conseguido reducir drásticamente los contagios en pocos días y sin tener que cerrar grandes ciudades. Con aplomo y rechazando autocomplacencia, abogó por la transparencia y la colaboración internacional para combatir el virus que hoy asola al mundo entero. La reacción de elogio en redes no se hizo esperar: ¿no podríamos tener en préstamo por un tiempo a esta ministra para que liderara la crisis en nuestro país?

La Covid-19 ha puesto en jaque muchas cosas y, entre ellas, la capacidad de liderazgo de nuestras autoridades públicas. Este virus, que ha penetrado todas y cada una de las esquinas de nuestras vidas, supera ya las dimensiones de las crisis sanitarias conocidas hasta el momento. Se trata de una pandemia que en 10 semanas ha llegado a más de 190 países, afectando a más de 700.000 personas (enseguida estaremos en el millón), de las cuales unas 34.000 han perdido la vida; y se espera que todavía lo hagan muchas más.

La Covid-19 constituirá el caso de comunicación de crisis por excelencia. Reúne todas las condiciones: el virus mata, rompe la estabilidad, transforma radicalmente las rutinas de las personas y de las organizaciones, exige soluciones urgentes, pone deficiencias existentes al descubierto, conlleva resultados desconocidos, y amenaza con acarrear graves consecuencias para la vida en todos sus aspectos.

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