Salman Rushdie conoce como pocos las consecuencias de la intolerancia y el celo censor. En este discurso, pronunciado en Nueva Delhi, defiende la independencia de la crítica y el arte y reivindica la responsabilidad de conservar una de las cosas que nos hacen humanos: la libertad de palabra.

Esa palabra: libertad. Tiene un sonido hermoso, ¿verdad? ¿Quién estaría en contra de la libertad? Uno pensaría que todo el mundo estaría automáticamente “a favor” de esa palabra. Una sociedad libre es una sociedad en la que florecen mil flores, en la que hablan mil y una voces. Y qué idea tan sencilla y grandiosa parece. Es como esa diosa de cobre que hay en el puerto, iluminando el mundo.

Pero en nuestra época muchas libertades esenciales corren el peligro de ser derrotadas, y no solo en Estados totalitarios o autoritarios. Aquí en la India, una combinación de fanatismo religioso, oportunismo político y, debo decirlo, apatía pública está dañando la libertad de la que dependen todas las demás libertades: la libertad de expresión.

Tengo que pedir disculpas por ser uno de los temas de este debate. Idealmente, un escritor no debería ser el tema. Un escritor debería ser un observador, no lo observado. El escritor debería ser la persona que habla y no la persona de quien se habla. Pero, una vez más, las circunstancias me arrastraron recientemente al escenario; o, más bien, en Jaipur, evitaron que llegara hasta él.

Como ahora tenemos la perspectiva de un par de meses, está bastante claro que lo que sucedió fue la previsible intolerancia del movimiento deobandi, consentida por lo que se revelaron como cálculos electorales bastante inútiles del Partido del Congreso.

En la debacle de Jaipur se sugirió que asistir sería un completo error por mi parte. Era el mundo al revés. Lo que está ocurriendo aquí, esta noche, es lo que yo llamaría “normal”. Un escritor nacido en la India, que ama este país y ha pasado buena parte de su vida escribiendo sobre él, aparece para hablar a un público indio sobre la India. Yo diría que eso es normal. Lo que no es normal es que eso se impida. Y parece que estamos en peligro de volver estas nociones del revés.

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Imagen de la entrada de Willi Heidelbach en Pixabay

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