El mapa invertido de las metáforas: tecnologías e imaginarios de la comunicación

Transcribimos el prólogo del libro Tecnología como ensoñación. Ensayos sobre el imaginario tecnocomunicacional, de Daniel H. Cabrera, obra que puedes descargarte gratuitamente.

Vuelvo al sur / como se vuelve siempre al amor. Vuelvo a vos / con mi deseo, con mi temor. Llevo al sur / como un destino del corazón. Soy del sur / como los aires del bandoneón. Sueño el sur / inmensa luna, cielo al revés. Busco el sur / el tiempo abierto y su después. Quiero al sur / su buena gente, su dignidad.

Pino Solanas

¿Por qué escribir un prólogo? La pregunta, como toda interrogante, es precaria, busca alguna respuesta. Pero, como pregunta retórica, no tiene solución ni finalidad. Es una pregunta en el aire. Seguramente los ecos del bandoneón de Piazzola nos pueden ayudar a problematizarla: el prólogo busca el sur, es un tiempo abierto sobre un texto ya escrito. Cielo-revés canta, con su voz entrecortada, el Polaco Goyeneche, y se encuentra en ese desafío ya planteado por Torres García, otro rioplatense, cuando retorna a Montevideo y funda la Escuela del Sur, invirtiendo la tradicional representación de los mapas. Para muchos, como el tango de Piazzola, no era más que un juego estético; para otros —entre los que me encuentro—, el desafío geopolítico de denunciar el etnocentrismo, siempre falocéntrico, de considerar que el norte es el punto de anclaje de las ciencias sociales. Claro, el sur no es solo un punto geográfico, sino la línea de fuga que desestabiliza los centros hegemónicos de construcción del poder político, cultural, académico, económico, etc. ¿Por qué entonces un prólogo, si el lector, además, después leerá el libro, escrito antes que el prólogo? Es por lo dicho, para reivindicar ese margen que se encuentra con el cielo al revés. Para buscar el sur: de los rostros de los que no tienen rostro. La ensoñación, entonces, como práctica de imaginarios que invierten los mapas, las metodologías, las teorías y, en definitiva, la crítica como puesta en crisis del saber y sus prácticas.

Es un cuestionamiento a las ciencias sociales aplicadas, a esos intentos de plantear que la tecnología es un logos incuestionable que, por lo anterior, se permitía desalojar la práctica artesana de lo técnico. Es el texto como tejido y urdimbre —en su doble sentido de trama y complot—, es decir, el artesano que escribe entre imaginarios, ensayando teatralizaciones y soñando con ese sur. Como escribí en un libro anterior, la comunicación y la crítica de la imagen requieren una ciencia sin nombre; como diría Warburg: la de los sueños despiertos (despojando al psicoanálisis de su veta más ortodoxa). «Dejar que los sueños vagabundeen lejos de Freud…» (Foucault).

Otra ciencia sin nombre, que analiza en este libro Daniel H. Cabrera, es la semafórica, es decir, la escritura de las luces que guían trayectos. Junto con ella, hay otras luces, las de los barcos que se guían a la distancia de los faros, o la del sueño de Pasolini de que las luciérnagas pudieran vencer al fascismo. Pero este regresa una y otra vez… Disciplina, ordena y organiza. Pone en orden el discurso, desaloja y expulsa a la metáfora (otra forma de semafórica).

Más que en las ciencias sociales, entonces, es en el cruce entre imágenes (por no hablar de estética), textos y ensayos donde se produce la transversal construcción de los imaginarios. La metáfora ha sido expulsada de la autoridad de los expertos, pero sus huellas siempre regresan a la república de los críticos. La metáfora es ese vehículo que sale por la puerta letrada para ingresar por la ventana de los imaginarios. ¿Cómo escribir, entonces, sobre la metáfora sin la escritura metafórica? Viaja, deambula, se sube al tren de la historia para ponerle el freno, se baja de él y se pierde por entre los matorrales del salvajismo (la selva es otra forma de escribir desde/sobre la metáfora).

Entonces, ¿el prólogo no es una metáfora del libro?, ¿puede escribirse un prólogo sin la metáfora? Si la historia va hacia un final (teleología), el prólogo, en cambio, invierte la marcha, es lo último que se escribe y lo primero que se lee. Brecha y punto de inflexión. Ya no hay lector ni autor, sino otra línea de fuga que desestabiliza al texto.

Junto con la metafórica, la semafórica y la ensoñación, la sismología, es decir, el acomodo de las placas tectónicas que, en América Latina, moviliza textos y movimientos sociales, políticos, étnicos, etc. En Chile se cruzan las placas de la cordillera con las del océano Pacífico, y, entre ellas, en los años ochenta —neoliberales, fascistas— los artistas escribían poemas y proyectaban imágenes de la tortura y el terrorismo de Estado. Entonces, más que producir monstruos como el sueño de la razón, la ensoñación de la técnica —ya sin logos— construye imaginarios.
Mirar viene de monstruosidad y es, por tanto, la desviada mirada que no se centra en el punto exacto de la pantalla, sino en su fuera de foco. Obscenidad —fuera de escena— y margen de la página donde el lector escribe y dialoga con el texto. Equilibrista que mueve su cuerpo al ritmo que le dicta el artefacto sobre el que se está moviendo.

Tecnología como ensoñación es un ensayo a contramano, una crítica al capitalismo tecnocientífico que no se permite cuestionar «el poder» trascendental del logos de la técnica. Educación por competencias, ciencias aplicadas, el experto y la gestión como administración (administrada) del conjunto. Pero ¿quién administra a los administradores?, ¿quién gestiona a los gestores? Es el poder del simulacro de los «curadores» (de arte), de los comisarios (¡vaya término!) y de los evaluadores. ¿Y, a estos últimos, quién los evalúa? ¿Retorno a lo real lacaniano?

Por lo anterior, este ensayo problematiza las lógicas de un mundo ilógico (porque, si no tiene límites, no puede tener geografía), de una secularización religiosa del nuevo Dios —politeísta— que está en las mal llamadas redes sociales. La literatura nos dejaba páginas inolvidables sobre la imperfección de los monstruos tecnológicos, páginas distópicas que cuestionaban la utopía futurista del progreso. Pero para el capitalismo esas páginas eran más peligrosas que las escritas sobre la lucha de clases; había, entonces, que domesticar al monstruo. La zoe (vida más allá de la vida humana) se encerraba en el zoológico de la academia y solo nos quedaba la bios (vida biológica encerrada en los límites de lo humano). Los imaginarios se interpretaban como textos dóciles, tras una hermenéutica de lo comprensible. Nietzsche en el manicomio, «no hay hechos, solo interpretaciones…», y esta, a su vez, es otra interpretación. Marx, leyendo a Feuerbach, «los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo»… O Benjamin, «todo documento de cultura es, a su vez, un documento de barbarie». Las tres proposiciones son claves fundamentales para leer, en reversa, Tecnología como ensoñación. Entonces, la pregunta inicial: ¿para qué escribir un prólogo? Para lo dicho: para leer el texto desde el sur, desde «su dignidad».

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