El ser humano se transformó en algoritmo

 

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Por: Andy Stalman

La línea que separa al usuario, consumidor, cliente del algoritmo es cada vez más delgada. Vayamos antes que nada a la fuente. Si el mundo es una máquina, la vida es un algoritmo. Los algoritmos, en su origen, existen prácticamente desde el origen de nuestra civilización, hace más de 2.000 años. La palabra algoritmo etimológicamente proviene del griego y latín, algorithmus y arithmos, que significa «número». O quizá con influencia del nombre del matemático persa Al-Juarismi. El algoritmo más conocido de entonces proviene del griego Euclides. Más de veinte siglos después de Euclídes, las fórmulas matemáticas desarrolladas –no sólo- por las mayores empresas tecnológicas del mundo mueven los principales servicios digitales que ya forman parte esencial de la existencia humana. Al punto que algunos tratan de confundir a personas con eso llamado algoritmo.

Vivimos en el desierto de la post modernidad en el que los espejismos de las redes sociales y las aplicaciones no lavan tu cerebro sino que lo programan. Somos algoritmos, somos los granos de arena que configuran el desierto post moderno. La economía de esta era necesita que todos consumamos para funcionar; a la vez que necesita que todos generemos data. Suena absurdo, pero está pasando. El consumidor post moderno queda retratado por los datos que el mismo genera. Lo interesante de este nuevo escenario es que se dan los datos se dan por buenos, sin tener en cuenta que las personas mienten, y pueden auto engañarse, generando una información no necesariamente cierta. Somos lo que fingimos.

Sucede que en esta nueva era conceptos como persona y data se transforman en sinónimos. Sabemos que las personas no son datos, sino emoción y circunstancia, pero no resulta tan sencillo. El nuevo sistema de puntaje personal en China hace quedar a Black Mirror como un capítulo de Bambi. El Sistema de Crédito Social (SCS) que China comenzó a probar en una docena de ciudades, y que espera que alcance a sus 1.386 billones de ciudadanos en 2020, establece un puntaje para cada persona. Según sea alto o bajo, y según oscile, ese número determina aspectos íntimos de la vida privada —como el acceso a descuentos para los servicios públicos o la negativa a inscribir a un hijo en una escuela de calidad—, con la forma de un mecanismo de premios y castigos.

El uso combinado de los algoritmos y de las máquinas es lo que está cambiando el desierto post moderno. Pero las máquinas no entienden, aún, conceptos como mentir o engañar, y mientras ellas no puedan filtrar la verdad de la mentira, los datos estarán inevitablemente contaminados, y serán menos útiles de lo esperado.

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