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¿Necesitamos memorizar cosas en pleno siglo XXI? La accesibilidad y omnipresencia de los medios digitales nos ha acostumbrado a tener acceso gratuito a grandes cantidades de información online, que está disponible para nosotros en cualquier momento y lugar.

Esto plantea la pregunta de si necesitamos memorizar mientras estudiamos o trabajamos. O, incluso, si hace falta recordar datos que utilizamos habitualmente como números de teléfono, direcciones y fechas de cumpleaños.

Podríamos pensar que nuestra vida se simplifica bastante cuando liberamos nuestra mente de información que podemos fácilmente almacenar en nuestros dispositivos móviles. Estos nos recuerdan qué y cuándo tenemos que hacer cada día y en cada momento.

Sin embargo, la realidad que vivimos es bien diferente. La posibilidad que tenemos de acceder a grandes cantidades de información aumenta exponencialmente la cantidad de información que recibimos cada día. Y eso es un problema.

Nuestra atención es un recurso limitado

Aunque la cantidad de información que tenemos a nuestro alcance parece ilimitada, nuestra capacidad de absorberla no lo es.

La teoría de la información explica cómo la información que recibimos deja de ser relevante cuando aparece en grandes cantidades. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación de saturación frente a la información ante la que, curiosamente, reaccionamos desviando nuestra atención o bloqueándola.

En la infoesfera en que actualmente invertimos gran parte de nuestro tiempo, el recurso económico más preciado ya no es el objeto que compramos como consumidores, sino la atención que prestamos a los diferentes mensajes que nos bombardean a cada momento.

Nuestra atención es un recurso limitado y, por lo tanto, muy valioso. Por ella compiten los mercados de la información online. En estos mercados ya no somos nosotros los consumidores, sino el producto que se compra y se vende. Las estadísticas que miden qué nos gusta o nos interesa determinan los valores de las compañías en bolsa e incluso las estrategias de los partidos políticos y los gobiernos.

Captar nuestra atención para transmitirnos un mensaje y hacer que nos interese se ha convertido en una competición feroz.

Contaminación informativa

Para ganar dicha competición las fuentes informativas recurren a los medios más diversos. Estos van desde el mero entretenimiento y diversión hasta la exhibición de lo más desgarrador. El objetivo es apelar a nuestras emociones mas primarias, nuestra compasión, nuestro miedo y nuestra propia necesidad de escapar al exceso de información.

Frente al exceso informativo nuestro cerebro reacciona bloqueando la información que lo satura. Esta gran cantidad de información sobrante que descartamos se transforma en desecho o basura informativa que contamina los canales de información y nos impide determinar e incluso encontrar lo que nos interesa, a la vez que limita nuestra capacidad de atención.

El efecto es parecido a las dificultades que tenemos para encontrar a un amigo en una multitud, u oír lo que alguien nos dice en una discoteca.

Dado que cada vez es mayor el número de menores diagnosticados con trastorno de déficit de atención, cuyo origen aún se desconoce, cabría preguntarse si la excesiva exposición a la contaminación informativa podría ser una de sus causas.

Para disminuir los efectos de esta contaminación informativa están apareciendo nuevas técnicas de concentración y meditación como el mindfulness, que nos ayudan a gestionar nuestra atención.

Sin embargo, la solución a este problema no pasa únicamente por responsabilizar a cada persona de su salud atencional, sino de implementar medidas para una atención sostenible y una ética empresarial basada en la “ecología de la atención”. Esta es una ecología en la que la atención individual se constituye colectivamente, por lo que se enfatiza la interdependencia y responsabilidad grupal en el uso de este valioso recurso.

La atención y la decisión ética

Ser conscientes de que nuestra salud como individuos depende en gran manera de cómo gestionamos nuestra atención nos plantea también el problema de decidir a qué prestamos atención.

No se trata solo de si somos mas o menos triviales al dedicar nuestra atención al ocio personal, sino de que atender a las necesidades de ciertas personas, animales y ecosistemas nos obliga a elegir a quién ayudamos y a quién dejamos de ayudar.

Esta decisión es, a veces, imposible.

¿Es más importante el cambio climático que la guerra en Ucrania o la covid-19? Cualquiera que sea nuestra decisión, si es que somos capaces de tomarla, nos genera automáticamente un sentimiento de culpabilidad e impotencia por no poder atender a todas las necesidades que demandan nuestra atención y actuación.

Mientras que la desconexión informativa parece ser la solución a nuestra salud individual, ignorar la demanda de atención de quienes nos necesitan genera desigualdad social y ecológica.

La ecología de la atención implica también una ética de la atención que es necesario desarrollar para garantizar la sostenibilidad informativa digital.

Fuente: The Conversation

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