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Desde principios de siglo, críticos y “mass media” han hecho de la entrevista a un escritor un género de moda. Usted se ha prestado en raras ocasiones a este juego: le parece ilusorio querer encontrar los recorridos de la pluma, y duda del interés que pueda tener semejante búsqueda (Bernhild Boie, última entrevista).

Seis entrevistas y seis entrevistadores distintos, seis medios de difusión, seis momentos en una vida, con un intervalo entre ellos de treinta años (1970-2001). Y frente a los que hacen las preguntas, a los que leen escribiendo, un novelista único, un novelista con ideas. Que sólo escribe cuando tiene algo que decir. Un escritor para quien un escritor es “alguien que escribe libros”, ni más ni menos. Y que como casi todo el mundo “empieza por el principio y termina por el final”. Un escritor al que no le gustan las entrevistas, y de la crítica, a pesar de haberla ejercido ocasional y ejemplarmente siempre, no tiene buena opinión ni confía en ella. Un escritor que tiene en la más alta consideración a Julio Verne, a quien leyó siendo joven, y para quien Rimbaud fue el mayor poeta que ha dado Francia. Que relee, que pasea, que le gusta el ajedrez, aunque se confiesa un jugador mediocre, y que no augura un buen futuro a la literatura (La literatura respira mal). Entró en la Pléiade en 1989. Se llamó Louis Poirier, aunque nunca confundió al hombre con el escritor. Julien (por Julien Sorel) y Gracq (por los Gracos). ¿Significaba algo? ¿Un capricho? Julien Gracq. Suena bien. Con eso basta. No se necesita más.

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