Ornamento y corrección. La censura en la representación del desnudo femenino

NEREA ARROJERÍA

Incapacitadas para distinguir entre actitud y anatomía, entre cuerpo y contexto, los algoritmos de las redes sociales censuran indiscriminadamente tanto los senos de una modelo en una revista pornográfica como en un anuncio de autoexamen de mamas.1 No diferencian entre un primer plano de unos genitales tras una agresión sexual y una recreación de L’origine du monde de Gustave Courbet. Para poder identificar la tipología del contenido, estas plataformas cuentan con personas encargadas de revisar las publicaciones denunciadas. Con ello, sin embargo, no termina la polémica sobre el veto de fotografías que violan las reglas de la comunidad sobre desnudez.

Artistas y usuarios exploran vías para publicar sus imágenes libres de lo que consideran es una injustificada y desproporcionada reprobación sobre el cuerpo humano, concretamente femenino. Revelarse ante las restricciones de representación implica intervenir la imagen una vez producida. Pintar pezones o eliminarlos con programas de edición son una vía para colar la imagen del desnudo en estas plataformas, a la vez que indican los límites políticos de lo que está permitido ver. La fotografía es la misma, solo unos milímetros de la imagen han sido modificados. Esta mínima intervención le permite pasar de la obscenidad a lo tolerable. Es lo que los autores de las fotografías consideran un planteamiento moral absurdo: ¿Qué peligro supone para la sociedad mostrar la parte más oscura de un pecho femenino (que no masculino)?2 Con todo, las restricciones más que evitar y eliminar lo prohibido contribuyen a su exhibición bajo otras formas.

En la serie de fotografías de Pixon Project,3 del granadino Manuel Ceballos, lo que menos importa es el desnudo femenino que se intuye mirándolas a cierta distancia. Al acercarnos, entre el manto de pixeles desenfocados descubrimos un pezón que ha quedado intacto. Es la única parte de la imagen definida. Su autor en vez de buscar formas creativas para filtrar desnudos en Instagram, invierte el orden de la censura: pixela toda la imagen menos los pezones. De esta manera, mostrando solo lo reprobable, desafía las convenciones de Instagram y explora los límites de lo censurable. La imagen deja de ser un desnudo natural o erótico para devenir en una representación de la censura. Habida cuenta de que la pixelación deliberada ha sido tan utilizada en la era digital en publicaciones y noticiarios, es para todos considerada un sinónimo de censura.

Las imágenes de los desnudos no han sido creadas por Ceballos porque la cuestión de este trabajo no atañe al elemento prefotográfico, es decir, a esas mujeres que posaron delante de la cámara. Prescinde de igual forma del estilo del autor de las fotografías. Si han sido recolectadas es por su relación con lo prohibido. La intervención de Ceballos las resignifica por completo, han dejado de ser ellas mismas (índice) para actuar como símbolo que invoca a las demás fotografías censuradas. Sin embargo, no por mucho tiempo son visibles: Instagram elimina las fotografías y finalmente cierra la cuenta del proyecto. Pero en una imagen en la que tan solo es perceptible el pezón, ¿cómo distinguen los algoritmos de esta red social si se trata de un cuerpo femenino o masculino? Quizá no lo hagan y sean usuarios de la comunidad quienes con sus denuncias expulsen las imágenes de la red. Si en efecto es así, el conflicto no es entonces tecnológico sino humano. No es solo que los algoritmos estén confundidos, es innegable que hay una cierta intolerancia social hacia este tipo de imágenes en las redes sociales. Resulta como mínimo paradójico que un torso desnudo genere tanto rechazo, al mismo tiempo que son retransmitidos programas de televisión con tintes sexuales en prime time o en videoclips supuestamente aptos para todos los públicos. ¿Qué motiva la aceptación de un contenido y el rechazo de otro?, ¿dónde poner los límites?, ¿quién lo decide? y ¿de qué manera?

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Imagen de Carabo en Pixabay 30