Se está naturalizando la figura del periodista pegado a un argumentario de uno u otro partido. El arte del reality show ya se había interiorizado como natural en la teatralización exagerada de la política y ahora está fagocitando la independencia de estos periodistas al ser reconvertidos en predicadores de púlpito. Ello ha proyectado cierto descrédito en la imagen social del periodismo. Ha crecido la percepción del periodista vinculado a una ideología que defiende por encima de su rigor. Esta situación la aprovechan los generadores de bulos y los populismos para desacreditar la profesión.


BORJA TERÁN*

El 23 de abril de 2020, Gran Hermano cumplía 20 años de su estreno en España con, paradójicamente, la sociedad confinada en su hogar por la crisis sanitaria de la pandemia del coronavirus. El reality de encierro de Endemol supuso una revolución paulatina en las narrativas televisivas, no solo en entretenimiento, también en información. Aquella primavera del año 2000, el modus operandi de las grandes cadenas generalistas empezaba a mutar… ¿para siempre?

En estas dos décadas, la pretensión de asistir a “la vida en directo” ha ido ganando terreno en el interés de un espectador que ha perdido paciencia. La audiencia siente que cuenta con acceso a tantos contenidos que prioriza el atractivo de la televisión-acontecimiento. Sucede en los estrenos de series o talents shows y, a la vez, en las maneras de presentación de la información. Ello ha provocado un aumento paulatino del tratamiento de la actualidad informativa con armas básicas del entretenimiento que bebe de la telerrealidad. En este sentido, tres elementos son fundamentales para atraer la curiosidad del público con la fuerza de lo inaudito, ya sea en un show de variedades o en una tertulia de máxima cuota de pantalla:

 

  1. Músicas épicas. El gran padre de la televisión española, Chicho Ibáñez Serrador, incorporaba una minuciosa gama de músicas de fondo en sus programas que servían para guiar con sutileza la emoción del espectador. Una táctica que era habitual en la ficción, pero que Chicho no dudó en utilizar en todos sus programas, desde Hablemos de sexo hasta Waku, Waku. Las bases musicales del Un, dos, tres… eran tan reconocibles en el oído del público como lo era en las retinas colectivas la Ruperta. Había una melodía para cada estado de ánimo. Del terror a la comedia. Sin olvidar la melancolía. Qué importante es en televisión la melancolía… Y siempre con unas grandes fanfarrias para empezar y terminar en alto cada emisión. El ímpetu musical ayudaba a despertar en la conciencia colectiva esa atmósfera de evento irrepetible, incluso de hecho histórico. Desde luego, el retrato de la ingenuidad española que hizo el Un, dos, tres… a través del entretenimiento fue histórico.

 

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