Las sábanas dobladas de la cama grande, Jean-Claude Rousseau (2022)

+ info: Shangrila Ediciones

“Haber encontrado el encuadre justo”, escribe Jean-Claude Rousseau, “es reconocer el lugar de la desaparición”. Lo escribe en una de sus notas sobre el cinematógrafo, reunidas en este libro como un conjunto de haikus, o impecables miniaturas. Rousseau es un cineasta rarísimo. Entra en el cuadro para deshacerse en él, se sienta y espera que las cosas se revelen a su mirada, se queda quieto. Sigue el ejemplo de la paciencia de las cosas. No elige un tema, no se aferra a un motivo, no escribe guiones (esos papeles con historias destinadas a convencer a un financista y justificar el riesgo de una inversión). Rousseau hace del encuadre el inicio de un proceso de disolución, en el que la mirada alcanza la potencia de la visión y llega, finalmente, a ver. Rousseau no te dirá lo que ha visto, no te dirá qué es. Porque su radical delicadeza reside en transmitir sensaciones, no mensajes. Temblores, no sentencias. En ser sensible, hipnótico y modesto, entendida la modestia como la deposición del ego y la apertura a la belleza inasible del mundo. Rousseau filma experiencias a menudo inmóviles y mudas, a contracorriente de una vida que impone el ruido y la aceleración. Abismarse en lo que filma, o leerlo, es una vía posible de acceso a la serenidad. Rousseau como un espléndido ansiolítico, una noche boca arriba con los ojos colgados de los astros, la premonición de un advenimiento y todas, todas las estadísticas en fuga. Porque Rousseau es lo impar y la excepción. “Léase este libro como un canto de amor”, te diría al oído. Este libro que es una jabalina o un jardín, o una sábana. La sábana de una cama grande, ese tipo de sábana como un lienzo que se dobla o se pinta mejor, mucho mejor, de a dos.