La pandemia nos ha dejado tres ideas principales sobre las empresas tecnológicas: cada vez tienen un papel más importante desde un punto de vista político, cada vez hay más actores que las ven como un instrumento para lograr determinados fines y, por último, su capacidad para resolver sus propios problemas -desinformación, discurso del odio, polarización, etc.- es mucho más limitada de lo que inicialmente podríamos pensar.


RAÚL MAGALLÓN*

El cíclico debate sobre si el periodismo está en crisis convive en la actualidad con otro sobre si lo que está en cuestión y debe ser objeto de análisis es su papel protagonista en esta nueva esfera pública digital y el tipo de relación que debe tener con las nuevas formas y formatos de comunicación.

Durante la última década, pudimos vislumbrar cómo los medios de comunicación y los actores políticos tradicionales habían dejado de tener el monopolio de la agenda pública y social, así como la capacidad para orientar y canalizar de forma unidireccional las conversaciones de lo público.

La aproximación a la mayoría de edad de las redes sociales -Facebook nació en 2004, YouTube en 2005 y Twitter en 2006- nos ha permitido entender que la relación entre plataformas tecnológicas y medios de comunicación ha ido variando dependiendo de las distintas crisis económicas y sociales, pero también de factores políticos -procesos electorales-, dinámicas internas como la digitalización de los medios -o la creación de hábitos en torno a las suscripciones digitales- y cuestiones sociales e informativas como las generadas por la pandemia de la COVID-19.

En la actual “economía de la atención”, los medios de comunicación no solo compiten con las redes sociales, sino también con las plataformas de contenidos audiovisuales –streaming y retransmisiones en directo-, contenidos generados por los usuarios y, por qué no decirlo, los canales de comunicación desarrollados por los partidos políticos.

En este periodo, hemos visto cómo la mirada social de las redes sociales ha evolucionado: desde su aparición -en la que fueron vistas como un nuevo actor social en un internet en claro crecimiento de usuarios- hasta alcanzar el papel de socio difusor de los medios de comunicación, pasando por el carácter depredador -desde un punto de vista publicitario- que pueden suponer empresas como Facebook o Google para el actual ecosistema informativo.

En 2018, se creía que Google tenía control sobre más del 86% de las búsquedas en el mundo y casi el 33% del negocio de la publicidad digital. En 2017, se estimaba que hasta el 30% del tráfico de los medios de comunicación podía depender de Facebook y su algoritmo. Experiencias como Playground nos indican los límites de este tipo de relación. Hasta el 44,13% de sus lectores podía proceder de las redes sociales y, de ellos, el 94,4% lo hacía a través de Facebook.

¿Empresas tecnológicas o mediáticas?
Desde un punto de vista informativo, el carácter enriquecedor de las redes sociales también ha ido evolucionando. Primero, fueron entendidas como una plataforma de visibilización para periodistas; después, como una fuente alternativa al discurso mediático dominante y, posteriormente, han sido simplificadas hacia un carácter reductor y antagonista de la realidad informativa.

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