Michael Warner: El público como espacio social compartido por desconocidos

Amparo Huertas Bailén reseña el libro de Michael Warner Público, públicos, contrapúblicos, editado en 2012 por el Fondo de Cultura Económica (México) en la Colección Umbrales con prólogo de Hilda Sabato. El texto original apareció en 2002 con el título Publics and Counterpublics (Urzone Inc. – Zone Books). Existe también una edición en castellano del 2008, a cargo del Servicio de Publicaciones de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) en colaboración con el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA). Esta última respeta el título original, Públicos y contrapúblicos.

Público, públicos, contrapúblicos se divide en dos partes. La primera se titula “Público y privado”. La segunda, “Públicos y contrapúblicos”. Es decir, el índice no deja duda alguna sobre cuáles son los principales ejes de reflexión. Ahora bien, solo a partir de la lectura es posible detectar la originalidad de este ensayo – sobre todo, por la merecida importancia que concede a la cuestión del género, elemento básico para entender la formación de los gustos culturales – ; su solidez – no solo avanza a partir de otros autores sino que también desarrolla las críticas que algunos recibieron; se atreve, incluso, con Habermas –; la capacidad del autor para penetrar en aspectos básicos pero poco abordados – “todos entienden intuitivamente cómo funciona [la formación de un público]. Sin embargo, al pensarlo, sus reglas pueden parecer bastante extrañas” (página 74) – y, por último, su claridad, pues emerge un discurso propio, pero ello no merma su inteligibilidad.

Público y Privado

Parecía que ya estaba todo dicho en torno a estas nociones, pero tras leer a Michael Warner comprobamos una vez más que no es así. Quizá sus ideas pueden resultar en algún momento obvias, pero no cabe duda de que sus argumentos amplían detalles de aspectos importantes -que la mirada domesticada ha colocado en segundo o tercer plano- y, además, lo hace recogiendo un rastro histórico de alto valor. “Lo público y lo privado no siempre son tan simples como para poder codificarlos en un mapa con colores diferentes -rosa para lo privado y azul para lo público-. Los términos también describen contextos sociales, tipos de sentimientos y géneros del lenguaje” (página 24).

Warner argumenta muy bien qué quiere decir con estas dos frases. Nos habla, por ejemplo, de que estos términos pueden usarse de formas muy diversas: como descriptivos, como normativos o como categorías analíticas. Y, como si las confusiones que esto favorece no fueran suficientes, añade que en la actualidad la cuestión es todavía más compleja, como consecuencia del valor propio distintivo que la privacidad ha adquirido (libertad, individualidad, interioridad, autenticidad,…). Y fíjense que esto lo decía en 2002, cuando todavía no se había entrado en la vorágine digital que se vive hoy.

La teoría feminista es una de las columnas vertebradoras del discurso de Warner, lo que acaba dando más consistencia, si cabe, a sus planteamientos. Atender la cuestión del género y la sexualidad es básico para entender los procesos y cambios vividos por la comunicación. Así presenta Warner su perspectiva: “Todo intento organizado de transformar el género o la sexualidad es un cuestionamiento público de la vida privada, y por lo tanto el estudio crítico del género y de la sexualidad entraña un problema de lo público y lo privado en su propia práctica” (página 29) .

Su discurso es muy sólido, construido sobre ideas bien fundamentadas, como cuando menciona a Catharine MacKinnon, quien interpretaba que el aborto se veía más como un privilegio privado que como un derecho público, o a Fanny Wright, quien en la década de 1820 defendía que la aparición de las mujeres en el espacio público debería acabar transformando el papel tanto de los hombres como de las mujeres.

Cuando en su análisis Warner destaca que la libertad parece haberse identificado más con la vida privada que con la vida pública – pues se instala, sobre todo, la idea del dominio privado como un espacio de libertad que hay que defender contra la dominación del Estado –, no podemos dejar de pensar en dos problemas sociales actuales de enorme relevancia a nuestro modo de ver: cómo definir y recuperar la idea del bien común y cómo favorecer vínculos de solidaridad. Es más, el conjunto de las aportaciones de Warner me parecen imprescindibles para el desarrollo de las teorías sobre la sociedad individualizada (Bauman, 2001) y el yo saturado (Gergen, 1992).

Unos públicos son más públicos que otros

Warner, a partir del binomio público/privado, transita hacia la formación de los públicos. Esta es una transición natural, pues lo público precisa de una recepción social.

El autor recurre a Kant para explicar que se dan diferentes tipos de públicos. Por ejemplo, está el “público impreso”, que sería “todo el público del mundo lector”, y está “el clérigo que le habla oficialmente a su congregación” y, por lo tanto, se dirige a una “asamblea doméstica” (página 48). Pero lo que más nos ha llamado la atención es cuando, todavía siguiendo a Kant, indica que “algunos públicos son más públicos que otros”. O sea, se puede ser público en diferentes grados, pero Warner no habla de aspectos individuales – como podrían ser niveles de atención o de alfabetización mediática –, él habla de un público crítico capaz de intercambiar opiniones con otras personas como el nivel más alto posible. Pero, para que se dé un público crítico, este ha de tener criterio: “Así como el sentido puede sintetizarse proposicionalmente, las opiniones pueden sostenerse, transferirse, reexpresarse indefinidamente” (página 135).

Inmediatamente después de exponer esta idea, Warner tiene la necesidad de aclarar que lo público y lo político no pueden considerarse sinónimos, como puede desprenderse demasiado fácilmente de la expresión ya tan manida “lo personal es político”. Pero lo que Warner plantea es mucho más que un apunte, pues pone en duda que lo que pertenece a la entidad política sea, por definición, de relevancia pública. Se sitúa así más próximo a Kant que a Hannah Arendt, al menos en relación a esta cuestión.

Warner explora a través de Habermas cómo el público toma conciencia de sí mismo con el desarrollo de la sociedad civil, de la sociedad burguesa. Según Warner, Habermas hace hincapié en la “naturaleza asimétrica de la cultura de masas, que vuelve más fácil que quienes tengan capital o poder distribuyan sus opiniones pero hace más difícil que las voces marginales puedan responder, y la creciente interpenetración del Estado y la sociedad civil, que dificulta aún más concebir la esfera privada pública como una limitación al poder estatal” (página 54). Y todo ello deriva, según Warner, en que el público acaba sintiéndose más atraído por la “aclamación benigna” que por la “crítica”, pues la opinión pública acaba pensándose más bien como la aprobación o desaprobación en forma de sondeos y elecciones que como espacio para el desarrollo crítico. Imagínense si Warner hubiera escrito esto ahora, ¿qué habría podido decir, por ejemplo, sobre la ética, la política y la sociabilidad algorítmica?

Warner recurre a Marx para explicar cómo algunos críticos liberales, como  Alexis de Toqueville o John Stuart Mill, acabaron viendo la expansión de los movimientos sindicales como una amenaza para la esfera pública y cómo se empezó así a tratar al público “como una fuerza opuesta a la razón” (página 53). Pero Warner no solo recoge reacciones a las teorías de Habermas, sino que también expone abiertamente algunas reflexiones de aspectos que él mismo echa en falta en su discurso. En la página 55 podemos leer, por ejemplo, sobre la necesidad de pensar en qué medida los movimientos sociales críticos se están volviendo antidemocráticos en un entorno de relaciones cambiantes entre el Estado, los medios de comunicación y los mercados. Warner llega a hablar de la creciente naturaleza transnacional de los públicos, de los apartados regulatorios interestatales y de los monopolios en el sector de la comunicación. Y, por su puesto, se preocupa por explicar cómo los movimientos en torno al género y la sexualidad no siempre coinciden con el modelo burgués de “debate racional-crítico” elaborado por Habermas. El uso público de la razón del que habla Habermas, enfatiza Warner, está estrechamente vinculado con la educación y con formas dominantes de masculinidad.

Cómo se forma un público

Warner se centra también en la formación de “un público”, aquel “que se constituye solo en relación con textos y con su circulación” (página 74). Sus ideas se desarrollan alrededor de diferentes ejes. Por ejemplo, nos habla del público como “un espacio de discurso organizado ni más ni menos que por el discurso mismo” (“¿sería posible que alguien hablase públicamente sin dirigirse a un público?” se pregunta en la página 75 (1)); los vincula a un imprescindible “momento de atención” que ha de ser renovado (página 101), aunque en realidad no considera que sean “una mera consecutividad en el tiempo” sino que da mayor importancia a su interacción” (página 103); o indica que su formación es posible porque medios o instituciones independientes (credos, ejércitos, partidos,…) “han establecido una identidad común” (página 84) que reúne a personas que se desconocen entre sí.

Pero Warner, para hablar sobre la asimetría en la producción y recepción que define la cultura de masas, también se adentra en aspectos concretos de enorme interés. Uno de ellos es la circulación de los chismes y su potencial para la sociabilidad popular (página 88). Otro, el “valor de habla” como marca y su calidad afectiva, con lo que se refiere a la capacidad de la publicidad para generar expresiones que acaban formando parte de la cultura popular: “uno no repite mecánicamente dichos característicos. A través de ellos interpreta su ubicación social” (página 119).

Contrapúblicos

En nuestra lectura, todo lo relacionado con los contrapúblicos nos ha resultado también más que estimulante. Warner se plantea cómo definir los contrapúblicos (“públicos que se definen por su tensión con un público más grande”, página 62); considera que es erróneo relacionarlos con la subcultura (el estatus de subordinado no significa que se forme en otro lugar); apunta que ayudan a dar “corporeidad expresiva” a una vida íntima entre públicos de desconocidos (página 86); o, incluso, que su “fricción contra el público dominante fuerza al carácter poético-expresivo” de su discurso (página 140) pero siempre adaptado a los “requisitos de circulación pública y sociabilidad entre desconocidos” (página  141). Warner también habla de la enorme influencia de los contrapúblicos en la formación y transformación de identidades, pero no elude pensar sobre lo subalterno, lo alternativo, lo estigmatizante y su capacidad real de acción, las verdaderas posibilidades de llegar a ser agencia en relación con el Estado.

Y todo ello haciendo siempre hincapié en los contrapúblicos de sexualidad y de género, para lo que recoge y reinterpreta a Nancy Fraser a partir de planteamientos como las siguientes: “¿qué hace “contra” u “oposicional” a un público?” o ¿por qué los contrapúblicos feministas tienen que limitarse a ser subalternos casi por obligación?

En definitiva, este es un libro imprescindible para quien quiere pensar en torno a las nociones que aparecen explícitas en su título y, muy especialmente, si lo que interesa es ahondar en la perspectiva de género. Si lo que se busca, en cambio, son definiciones puras, explicables en un restringido número de caracteres, y frases de longitud apta para diseñar un meme, absténgase de leerlo.

 

(1) Enrique Vila-Matas tiene precisamente una novela donde relata la experiencia de preparar una conferencia para no ser escuchada (Kassel no invita a la lógica. Barcelona: Seix Barral, 2014).

 

Referencias

Bauman, Zygmunt (2001). La sociedad individualizada. Madrid: Cátedra.

Gergen, Kenneth J. (1992). El yo saturado. Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica.

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