El estereotipo de que las mujeres no juegan videojuegos desaparecerá en breve. En España, el 42 % de los jugadores que jugaban en 2019 eran mujeres según la asociación AEVI. En total, hablamos de 6,3 millones de jugadoras, un número menor junto a los 8,8 millones de jugadores, que va creciendo cada año. Sin embargo, no podemos decir lo mismo con las trabajadoras de la industria del videojuego. Si observamos la proporción de trabajadoras, este porcentaje apenas alcanza un 28 %, según los datos que publica el libro blanco de la industria del videojuego español en 2020, de la Asociación Española de Empresas Productoras y Desarrolladoras de Videojuegos y Software de Entretenimiento (DEV). En estos bajos porcentajes, hay otro tema que también preocupa, y es el de la segregación laboral. Como ocurre en muchos otros ámbitos tecnológicos, existe una segregación en términos del sector profesional y de la ocupación que desempeñan las mujeres. En España, pocas mujeres tienen puestos en nivel ejecutivo, y si bien hay profesionales trabajando en el departamento de arte o como productoras, están representadas mayoritariamente en áreas como la comercialización y los recursos humanos. Esto nos hace preguntarnos, si hay tantas mujeres jugando videojuegos, ¿por qué tan pocas trabajan en la industria?

Se dice que el principal problema radica en que las mujeres no se ven representadas en la industria. Si no se ven en los roles, es menos probable que busquen un título o una carrera relacionada, que les ayude a acercarse a un mundo que sienten lejano o que consideran que no les pertenece. Los roles, considerados como un conjunto de papeles y expectativas diferentes para mujeres y hombres, marcan la diferencia respecto a cómo ser, sentir y actuar, y han generado una serie de diferencias que han condicionado socialmente los papeles que desempeñamos hombres y mujeres.

Además de la desigualdad a través de los roles, los estereotipos contribuyen a esta separación social. El estereotipo tiene que ver con la imagen que nos hacemos de algo o de alguien. Asumimos como algo natural que esa imagen forma parte de la realidad en la que vivimos y que juega un papel significativo o determinante en nuestro desarrollo. La familia, los medios de comunicación o los lugares donde nos formamos se convierten en emisores de esas imágenes que reproducen la desigualdad. En el artículo Gender stereotypes about intellectual ability emerge early and influence children’s interests, los autores observaron que los estereotipos comienzan a surtir efecto a edades muy tempranas. Sus resultados revelan que niñas de 6 años evitan actividades que consideran aptas para niños y en donde es necesario, de forma aparente, el uso de un gran intelecto. La cultura y los estereotipos influyen en la medida que compartimos responsabilidades en nuestra vida diaria y esto podría explicar estas diferencias en la brecha de género.

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