Nueva tecnología, nuevos valores, nueva sociedad y nueva temporalidad

Amparo Huertas Bailén reseña el libro: Adrián Alonso Enguita, El tiempo digital. Comprendiendo los órdenes temporales. Prensas de la Universidad de Zaragoza (Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social), 2019, 273 pp., ISBN: 9788417633714

Llevaba ya unos meses en mi estantería en espera de ser leído. Y, tras el anuncio del confinamiento con motivo de la pandemia relacionada con la covid-19, el título acabó destacando sobre los demás. La forzada, rápida e inesperada entrada en una cotidianidad diferente, que exigía otra manera de gestionar el tiempo, hizo que, de entre las lecturas pendientes, empezara por esta obra.

Desde la filosofía, Adrián Alonso Enguita hace un recorrido por los diferentes órdenes temporales que la humanidad ha experimentado. Su tesis queda perfectamente clara desde el principio: “cada tecnología pone en funcionamiento una narratividad que implica unos parámetros cognitivos que arrastran una temporalidad determinada” (pág. 21). Pero, a medida que va transcurriendo la lectura, la idea acaba cogiendo cada vez más fuerza, pues nos lleva a pensar sobre cómo se acaba determinando la memoria (los recuerdos) y formando las estructuras de transmisión de conocimientos y valores. “El futuro, por tanto, es lo que está por clicar” (pág. 242).

Los párrafos dedicados a Augusto, a sus representaciones y ceremonias públicas en la República romana, nos han gustado especialmente: “La fuerza del simbolismo es esencial para cualquier gobierno y para cualquier sociedad que pretenda mantener su identidad sin romper los lazos de unión que hay entre sus miembros. Es, sin duda, Augusto quien mejor jugó las cartas de la memoria para construir una sociedad unida e identificada con un proyecto y unos valores que penetraron en todas las capas de su realidad” (pág. 74).

A lo largo del libro, el autor va desgranando cada una de las etapas tecnológicas y la temporalidad asociada: oralidad, escritura, tecnología electrónica y tecnología digital.

En el capítulo I, Adrián Alonso Enguita nos habla del “orden Mythos”, distinguiendo entre chronos y aión. El primero es el tiempo objetivado, mensurable y homogéneo, que en historia nos lleva a realizar narraciones cronológicas y, por tanto, a emplear la memoria racional. El segundo es el tiempo cualitativo e inconmensurable, que deriva en las narraciones mitológicas. El autor califica el primero de “embotellado” y el segundo de “serpenteante” (pág. 23).

Pero kairós, que se da en la intersección entre chronos y aión, nos resulta mucho más estimulante. Este concepto hace referencia al momento de la oportunidad, al instante que acaba siendo importante, cuando ocurre lo realmente significativo. A partir de aquí, Adrián Alonso Enguita reflexiona sobre el “acontecimiento”, recuperando a Deleuze y Zizek, para acabar hablando de la “memoria acontecimiental” .

En este capítulo, se trata sobre la “Escuela de Toronto” y otros teóricos que abordaron la “Gran División”, que fueron quienes advirtieron de la aparición del alfabeto en la Grecia clásica y de la imprenta en el Renacimiento como desencadenantes de profundos cambios. El propio autor destaca los autores más influyentes: califica a McLuhan como el más mediático; a Havelock, como el más incisivo “y el que más apoyo nos dará”; a Ong, como el más sistemático y, por último, también recuerda a Harris y Parry, por ser “la primera chispa”. (pág. 46)

El capítulo II está dedicado al “orden Logos”. Aquí la historia es el punto de partida: la historia es memoria. Entonces, ¿cómo asegurar la fidelidad del relato con lo acontecido?, se pregunta el autor en la página 86. Se aborda la cuestión del archivo y la noción de testimonio (confianza y seguridad son los valores que determinan la autoridad de un testimonio). El autor distingue entre testimonio fáctico (apunta acontecimientos y objetos) y el de conciencia (elabora un relato exteriorizando sus opiniones con presencia de la moral). Despierta así una dialéctica entre memoria e imaginación, entre historiadores y novelistas.

Dentro de este capítulo, desde la página 107 hasta la 117, se trata sobre el cine: “el cine es un medio alfabético mucho más cercano a la novela o al trabajo historiográfico que a la televisión o a la radio” (pag. 107). Aquí Adrián Alonso Enguita recurre a autores como Aumont o Deleuze. Y, siguiendo el discurso que se va hilvanando, resulta interesante pensar en los “instantes esenciales” a partir de los cuales se compone una película -con el uso de imágenes-percepción, imágenes-acción e imágenes-afección- y en los “intervalos”, esa “distancia extraña”  que aparece con el montaje y la edición (pág. 111). Un punto dedicado al cine-documental le permite al autor interrelacionar cine con “memoria”, “tiempo” y “verdad”.

El capítulo III, El (des)orden obsolescente, se adentra en la “era electrónica”, superado el dominio de la oralidad y la escritura. Recupera aquí a McLuhan, pero también quedan registradas las críticas que este recibió por parte de Arthur Kroker, quien “lo acusó de carecer de un discurso que aunase economía, tecnología e información” (pág. 130).

De este apartado, queremos resaltar todo lo relacionado con la linealidad del discurso alfabético y oral, que ayuda a formar la memoria, y cómo esto es prácticamente destruido -reformulado, si prefieren ser optimistas- por el orden electrónico.  En este sentido, es muy útil la lectura que el autor realiza de Virilio, a partir del desarrollo de nociones como “velocidad”, “aceleración” o “suceso”. Pero también se pone en diálogo a Umberto Eco, Gustavo Bueno y Lorenzo Vilches para hablar del espectáculo televisivo y la confusión entre realidad objetiva y ficción en la era electrónica.

“El suceso es pura trivialidad”, dice Adrián Alonso (pag. 147). No tiene transcendencia, no tiene orden, ni recorrido, explica el autor. “No hay censura en los medios electrónicos; hay saturación de información, es decir, desinformación”, seguimos en la página 147. “La representación ha de ser del pasado, pero no hay ya más pasado. Solo tiempo real. Tiempo real en una desaparición vertiginosa. Simultaneidad. Desaparición” (pág. 149). “No hay linealidad, tan solo velocidad luz. No hay extensión, solo intensión” (pág. 153).

Esta mirada filosófica sobre la televisión nos ayuda a entender las temporalidades que las tecnologías pueden dibujar, pero también tiene sus limitaciones. Las palabras de Kroker, que apuntaban hacia la falta de perspectiva económica, servirían también como eje sobre el que definir estos puntos débiles. El libro acaba hablando de la televisión como un todo, sin responsables, como un ente abstracto resultado de una evolución casi natural más que de una suma de decisiones tomadas en un marco político-económico determinado.

Pero este punto débil queda todavía más evidente en el apartado dedicado a la era digital, cuando se habla de la “memoria vírica” en el capítulo IV. No obstante, en este último capítulo -donde recupera y sintetiza a Lev Manovich-, también encontramos apuntes muy interesantes. Este es un capítulo imprescindible, por ejemplo, para quien anda analizando la lógica de los “memes”, “un concepto nuevo que surge en este ecosistema tan peculiar” (pág. 187) y que el autor define del siguiente modo: “El meme, fuera de Internet, es un pez agonizante” (pág. 191)

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