Concepción Fernández Villanueva

“Sólo los capitanes y los reyes cuentan los caídos por millares, precisamente porque no tienen que mirar a los ojos a ninguno. Él, como todo soldado en la batalla, no vio más que un solo cadáver, y eso fue suficiente. Vio el rostro de un hombre que moría y en ese rostro la voluntad truncada de un último gesto; vio el temblor de su agonía, sus ojos cerrados o todavía abiertos…”. (Juan Gómez Bárcena, Ni siquiera los muertos )

Durante la primera oleada de la pandemia los espectadores nos confrontábamos cada día con un número de muertos, primero en ascenso y después en descenso. El incremento sostenido de víctimas actuaba como un síntoma del descontrol de la situación y como un refuerzo para la aceptación de confinamiento tan duro e inesperado en el que pasamos varios meses, con la inicial esperanza frustrada de que muy pronto finalizase. El miedo variaba paralelamente al número de las víctimas que nos repetían de forma escrita y verbal en cada informativo y el restablecimiento de la esperanza, aumentaba con su disminución diaria. Quizá en esta segunda ola se repita la misma pauta.

El número de muertos no es la verdad, es solo una parte de ella. Es necesario ver el sufrimiento, el dolor, porque la verdad no se instala en nosotros hasta que no nos duele. La simple información, los datos estadísticos por muy pormenorizados que sean, no son la garantía de que los espectadores sepan, se hagan cargo, de lo que ocurre. Para que interioricen lo que ocurre deben ser impactados en sus emociones. Es cierto que del conocimiento de los fríos datos de cifras de muertos surge la sensación de riesgo personal, la amenaza de enfermedad, en definitiva, el miedo.

Pero no todas las emociones que se suscitan tienen los mismos efectos. No basta con experimentar miedo. Incluso la provocación de miedo puede sobrar y ser un obstáculo más en la superación de las condiciones necesariamente impuestas, como ha ocurrido cuando algunos individuos se convierten  en policías suplementarios que acusan sin razón o se exceden en sus recriminaciones ante otros. En cambio la percepción del dolor de los otros tiene otros efectos, en general, positivos y movilizadores.

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