Si alguien que nunca hubiera oído hablar de la pandemia observara mi cuenta de Twitter estos días, probablemente llegaría a la conclusión de que “coronavirus” es el nombre de alguna clase de corriente artística caracterizada por la bulimia cultural. Incluso antes de que se decretara el confinamiento ya estaban circulando una enorme cantidad de recomendaciones, listas, links a toda clase de novelas, cómics, películas, vídeos de conciertos, recursos educativos y exposiciones virtuales. Se trata, por supuesto, de una burbuja minoritaria. La verdad es que un montón de gente, empezando por todos aquellos con personas dependientes a su cargo, tienen estos días muchísimo menos tiempo libre que antes del confinamiento. En cualquier caso, las editoriales, museos, centros de arte, profesores, periódicos, discográficas y los propios artistas se sumaron a esta orgía cultural liberando toda clase de contenidos gratuitos.

Algunas voces se han mostrado muy críticas con ese voluntarismo. Primero porque convierte en una especie de fiesta de pijamas una situación que está siendo dramática para mayores solos, personas con enfermedades mentales, familias con niños pequeños encerradas en pisos diminutos… En segundo lugar, porque es bastante excluyente: la buena voluntad es para quien se la puede permitir. Mientras algunas grandes editoriales liberaban sus best sellers, una amiga que trabaja en una cadena de librerías me contaba que estaban a punto de sufrir un ERTE. Hay incluso quien ve en la apertura de contenidos una operación de marketing, una especie de “viruswashing”. Personalmente, creo que estas críticas pecan de cinismo. No me cabe duda de que hay carroñeros de las finanzas que ya están haciendo cálculos para convertir esta masacre en una oportunidad de negocio, pero también estoy convencido de que la mayor parte de las personas, empresas e instituciones que liberaron sus contenidos querían contribuir de buena fe a ayudar en una situación crítica.

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