La guerra por el relato se ha ido recrudeciendo desde los inicios de la pandemia. Tras superar los primeros días de incertidumbre y miedo, la fábrica de bulos se ha puesto en marcha. Trolls orquestados organizan sus fechorías en las redes sociales generando tendencias de opinión que finalmente se acaban reproduciendo en los medios mainstream, tanto en telediarios como en programas del corazón. Hoy, la política se hace en Twitter, conocemos la vida de los y las dirigentes a través de Instagram y organizamos manifestaciones digitales a través de Facebook. Utilizamos las redes sociales y la tecnología como si fueran medios legítimos de expresión, olvidando, y obviando que son pura ideología, una vuelta de tuerca a la extracción de valor, acumulación por desposesión y vigilancia masiva.

Utilizamos las redes sociales y la tecnología como si fueran medios legítimos de expresión, olvidando, y obviando que son pura ideología, una vuelta de tuerca a la extracción de valor, acumulación por desposesión y vigilancia masiva.

Detrás de dichas tecnologías se encuentran las corporaciones más poderosas del mundo, que operan en connivencia con gobiernos y servicios de inteligencia. En los últimos años se han sucedido numerosos escándalos en lo que a ellas se refiere. Hagamos un recordatorio de algunos de los que evidenciaron la vigilancia y falta de privacidad a la que estamos expuestas las personas.

ESCÁNDALO VA, ESCÁNDALO VIENE

Entre 2013 y 2015 se publicaron en la prensa a través de las filtraciones de Edward Snowden miles de documentos sobre programas de vigilancia secreta, en los cuales se demostraba que la NSA interceptaba y vigilaba las comunicaciones de millones de personas en el mundo, en colaboración con agencias de inteligencia de varios países.

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