MIQUEL ECHARRI

El último en dar el paso ha sido The Philadelphia Inquirer. El pasado 1 de febrero el diario de Pensilvania hacía pública la decisión de cerrar el apartado de comentarios de su edición digital salvo en dos secciones: deportes e Inquirer Live. Lo han hecho porque, según argumentaban en una carta abierta a los lectores, “los comentarios habían sido secuestrados por un pequeño reducto de trolls muy activos que abarrotaban la sección de racismo, misoginia y homofobia”.

Es decir, que se trataba de proteger al diario de la facción más activa (y energúmena) de su propia audiencia. Según la redactora Cathy Rubin, una de las responsables de la decisión, “bastaba con unos pocos cientos de participantes muy prolíficos para que todas las noticias se llenasen de comentarios agresivos, potencialmente injuriosos y de muy dudoso gusto”. Era tal el alud de odio que se colaba por esa rendija abierta a la participación de los lectores que, al menos según Rubin, “filtrar y moderar los comentarios se había vuelto una tarea agotadora y, sobre todo, inútil, porque por cada intervención relevante y constructiva había al menos cuatro o cinco provocaciones, mentiras y exabruptos”.

La palabra clave en esta frase tal vez sea “mentiras”. En los medios de comunicación estadounidenses preocupa mucho cómo combatir intoxicaciones interesadas y fake news. Con los comentarios abiertos y la dificultad para moderarlos de manera efectiva en tiempo real, según Rubin, “lo que estábamos haciendo era abrirle a los que difunden bulos y versiones alternativas no contrastadas de la realidad un acceso preferente al corazón de nuestros contenidos”.

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