La relación de la infancia con la historia la trazó el historiador Philippe Ariès hace varios decenios. Según Ariès, en la Antiguo Régimen la sociedad tenía una percepción de la infancia muy diferente de la centralidad que le proporcionamos hoy, ya que entonces el niño falto de atenciones, a la deriva, era portador esencial de la lucha por la vida. El filósofo Giorgio Agamben, en Infanzia e Storia, aborda el asunto desde un punto de vista diferente, al asomarse a la experiencia humana en los primeros estadios de la existencia. El hombre, según Agamben, va realizando un methodos, una vía científica, que supone la exclusión de la aventura que encarna la infancia. Gran error, puesto que la exclusión de lo aleatorio, de la aventura, de lo extraordinario y de lo extraño, es contrario a la razón práctica.

En los últimos decenios España ha hecho un esfuerzo por entrar en un circuito normalizado de investigación, liderado por los países más avanzados tecnológicamente, que han impuesto por la fuerza de los hechos su sistema de validación científica. Sobre todo, en las ciencias axiomáticas, basadas en principios inamovibles para cuya conquista hace falta un gran esfuerzo colectivo. La comunidad científica utilizando como esperanto la telegráfica lengua inglesa, y unos instrumentos de validación basados en axiomas o principios firmemente asentados, ha sido la estrella. Al intentar normalizar la relación científica con el resto del mundo, nuestros dirigentes iniciaron hace ya varias décadas un largo camino hacia el methodos. Ningún país como este probablemente haya sido tan generoso en un corto espacio de tiempo en poner en el mundo tantos investigadores jóvenes. Hasta tal punto que llegado un momento no pudo o quiso asimilarlos al sistema universitario e investigador, y los dejó al albur. Los jóvenes científicos enviados a aprender al exterior fueron succionados por laboratorios de investigación más poderosos. Succión del pensamiento que ha dado grandes resultados tradicionalmente en las grandes universidades americanas. De esta forma, Francisco Márquez Villanueva, sevillano que ejerció de profesor en Harvard, me señalaba hace años que era fácil en su universidad darle un pisotón a un Nobel, de las varias decenas que había allá. El sistema español anclado en viejos cacicazgos académicos ha impedido la libre concurrencia del mérito, y sacar provecho al esfuerzo realizado.

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