La creciente popularidad del uso de la realidad virtual para contar historias de una manera “real” y objetiva ha despertado viejas dudas en cuestión de ética y transparencia entre los periodistas. ¿Hasta qué punto puede confiar el público en lo que está viendo con sus propios ojos?


PATRICIA ALONSO

La guerra de Vietnam marcó un antes y un después para el periodismo. Fue la primera guerra televisada. Conocida en Estados Unidos como “la guerra de la sala de estar”, los telespectadores se convirtieron por primera vez en testigos de las atrocidades que ocurrían al otro lado del mundo. A diferencia de la radio durante la Segunda Guerra Mundial, la televisión permitió a los espectadores crear un vínculo cercano con lo que ocurría en el país asiático. La opinión pública en materia militar y de política exterior cambió, y la confianza en el Gobierno se desmoronó. Un ejemplo claro del poder de la tecnología y los medios para cambiar nuestra manera de ver las cosas y, en última instancia, nuestras decisiones.

En los años 60, el poder de persuasión estaba en manos de la televisión. Hoy, los medios experimentan con otras alternativas aún más potentes a la hora de recrear escenarios y remover conciencias. Pero el equilibrio entre lo positivo de las experiencias y el riesgo que entraña el uso de estos nuevos lenguajes pende de un hilo.

Nuevo género periodístico
Se puede considerar que el periodismo de inmersión, íntimamente ligado a la tecnología de realidad virtual, nació en 2012 con el documental Hunger in Los Angeles, de la periodista Nonny de la Peña. Presentado durante el Festival de Cine de Sundance de ese año, Hunger in Los Angeles retrata la realidad de los bancos de comida en algunos barrios de la ciudad.

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