Del mismo modo que si un código de circulación pensado para un tráfico de caballos y carros rigiese un mundo de automóviles, nuestras instituciones económicas y legales se sustentan hoy en una serie de supuestos desfasados acerca de lo que representan realmente los datos y qué significa poseerlos. De manera inconsciente, nos arrastran hacia una era de concentración de poder sin precedentes e incluso aquellos paradigmas reformistas más influyentes –que otorgan un papel central a la privacidad y la autosoberanía– pasan por alto a menudo dimensiones clave del problema. Necesitamos centrar correctamente el tema y necesitamos hacerlo pronto.

Allí donde los datos confieren poder sobre las personas, vemos desvanecerse la idea de que son un bien “no rival”, es decir, que todo el mundo podría beneficiarse de los datos simultáneamente porque es un bien digital que no se agota tras su uso. Obviamente, resulta impensable que el poder se incremente para todo el mundo simultáneamente sin que esto genere complicaciones. Incluso cuando la información es pública, la experiencia nos demuestra que los ricos están a menudo en mejor posición que los más pobres para capitalizarla, es decir, que el hecho de que la información sea pública no conduce automáticamente a un mundo más igualitario. Si no queremos que los datos confieran aún más ventajas a los poderosos, hemos de asegurarnos que todas las personas retienen parte de control sobre los datos.

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