La defensa de la consideración cultural de las series de televisión

Alba Navarro Peribáñez reseña el libro de Concepción Cascajosa Virino (2016) La cultura de las series. Editorial LAERTES, Colección Kaplan, 45.

“La cultura de las series” es el resultado de una exhaustiva investigación sobre la televisión de los últimos años (2000-2014), donde también se hace un recorrido histórico, necesario para entender la estructura y paradigma del presente. A lo largo del libro, Concepción Cascajosa, profesora titular de Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III (Madrid), demuestra el lugar destacado de la ficción en el espacio cultural de la sociedad occidental, tras un proceso de legitimación institucional, socioeconómico y tecnológico.

Para Cascajosa, las series son uno de los productos culturales más relevantes de la contemporaneidad, contribuyen a crear jerarquías culturales y generan maneras particulares sobre cómo reflexionar acerca del mundo. La obra da cuenta de los cambios producidos en la manera de narrar, en los modos de fijar la imagen del mundo. La autora hace hincapié en las características más comunes y esenciales de las series de televisión: géneros innovadores y diversos, narración compleja, imagen trabajada, transgresión de los tabúes, y diversificación y control de contenidos. Todo esto ha sido posible, en gran parte, gracias al auge de internet y las nuevas tecnologías, y suponen la transformación de la idea fija de hacer un único tipo de televisión.

En el primer capítulo, “El genio del sistema”, la autora observa la evolución televisiva en lo que respecta al marketing, competencia, público al que se dirige y necesidades de las cadenas. Todo ello para dar cuenta de la importancia de las prácticas, estructuras y factores institucionales que favorecen que se produzca un determinado tipo de producto. Para entender los pilares básicos de las series españolas, Concepción Cascajosa se centra principalmente en EEUU, mostrando así su estructura básica: el valor de la diferencia, distinción, exclusividad, innovación, “ruido” y originalidad. Series como “House of Card”, “Orange is the new black”, “Sexo en Nueva York”, “The Walking Dead” o “Breaking Bad” le sirven de apoyo a sus explicaciones. Finalmente, la investigadora valora como claves del éxito: innovación, potenciación de la serialidad, buenos valores de producción, temáticas actuales, y la representación sin prejuicios del sexo y la violencia.

“Las múltiples edades doradas de la TV” es el título del segundo capítulo. En él, la autora expone los orígenes y evolución de las tres “Edades Doradas” de la televisión en diferentes países europeos y americanos, ocupando un espacio especial España y Estados Unidos. Cascajosa observa la repercusión, avances y objetivos diferenciados de cada una de ellas. En la primera etapa, la TV se caracteriza por ser un instrumento de cimentación del estatus social, principalmente para las clases urbanas. La programación iba en busca de un público masivo y primaban los contenidos en directo, con periodicidad diaria y sobre tres géneros: los deportes, las variedades y el drama. La segunda “Edad Dorada” se inició en los años 70, con la irrupción de comedias que se acercaban sin pudor a las transformaciones sociales en relación a temas como las minorías étnicas, la liberación femenina y las consecuencias de las guerras. Además, el prestigio crítico hacia la parrilla televisiva obtuvo un avance importante. Finalmente, la tercera etapa surgió a caballo entre los siglos XX y XXI, cuando los discursos críticos llegan a la convicción de que la capacidad de contar historias de las series ha alcanzado tal madurez que, incluso, han desplazado al cine. Fue en este período cuando las series transformaron los hábitos de consumo audiovisual de un modo extraordinario, hasta llegar a hablar de “telefilia”.

Cada “Edad Dorada” tiene que ver más con su período fundacional que con la calidad de sus resultados, ya que no se vivieron al mismo tiempo ni por igual en todos los países. No obstante, es innegable que la mayoría de las series de televisión viven su particular “Edad Dorada” en relación con la ficción cinematográfica. Las películas han quedado “destronadas” y, en la actualidad, se encuentran en un periodo de crisis, problema que la propia autora enmarca como parte de la crisis general que afecta al periodismo.

El tercer capítulo, con el título “Las política de los teleastas”, sigue haciendo hincapié en la última premisa, mostrando el aumento de directores de cine estrella que han pasado a la televisión (donde la estética de ficción es cada vez más indistinguible de la cinematografía) o incluso el hecho de que para muchos profesionales del cine la televisión ha sido su escuela. Otro aspecto esencial del capítulo recae en el surgimiento y desarrollo incipiente de la política de los autores del medio televisivo, donde podemos encontrar a Westinghouse, Alcoa, U.S. Steel o Goodyear. Estos escritores fueron alabados por la crítica debido a sus nada habituales historias en comparación con la producción de Hollywood, la atención al detalle o el interés por tópicos controvertidos.

En este capítulo, la autora también hace un recorrido por diversas obras emblemáticas y analiza el papel del productor, del director y del equipo guionista. Cascajosa reivindica el papel fundamental de estas tareas, pues en la mayoría de ocasiones no se les es reconocido. La lucha por el reconocimiento de su prestigio ha sido un factor que siempre ha acompañado a estos profesionales, haciendo valer el refrán de “las series son sus escritores”. Aspectos ejemplificados con diversos casos, como el dialoguista Aaron Sorkin (“El ala oeste de la Casa Blanca”, 1999), el perfeccionista Matthew Weiner(“Los Soprano”, 1999) y la conquistadora Shonda Rhimes (“Anatomía de Grey”, 2005).

En “Pienso, luego veo series”, cuarto capítulo, se vuelve a dar importancia al entramado profesional que rodea toda serie de ficción, pero, en este caso, se aborda el papel de los intelectuales, escritores y filósofos. Estos agentes sociales se han caracterizado por ser críticos respecto a la TV, pero poco a poco se han ido aproximando al medio. Entre otros aspectos, las series han sido para los intelectuales una “excusa” con el fin de dar su opinión sobre aspectos públicos -incluso controvertidos- de forma sencilla, ya que estas han sacado a la luz cuestiones olvidadas.

Paralelamente, se exponen los diversos aspectos que conlleva el medio televisivo. La equiparación de la narrativa televisiva a la novelística ha sido uno de los mecanismos por los que las series han ganado respetabilidad, derivando en la consideración de que el éxito de las series depende de la calidad de los guiones. Éxito en el que también han contribuido en gran medida las TIC, que se han asentado rápidamente en nuestra cotidianidad. Dicho panorama ha propiciado que la “dieta cultural” de prácticamente todos los ciudadanos incluya, al menos, una serie de referencia y, además, que la ficción televisiva haya ido normalizándose dentro de la crítica cultural culta. Recuerden, por ejemplo, que el diario digital La Vanguardia creó en enero de 2015 una sección específica para la crítica de series de televisión [1].

El quinto capítulo, “La mejor serie de la historia…por ahora”, ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el reconocimiento y las dinámicas culturales de dominación y exclusión de determinados grupos y contenidos en el medio televisivo, y, al mismo tiempo, enfatiza la idea de calidad como categorización. El hecho de considerar una serie de televisión “de calidad” radica en lo subjetivo; depende del medio y de la sociedad en la cual está inmersa. Además, la calidad está en constante revisión. Actualmente las series consideradas de calidad son aquellas que responden a una estructura dramática (ignorando la comedia-exceptuando algunos casos), con continuidad de capítulos, elaborada puesta en escena, universo narrativo denso y guiones que llevan a los temas y personajes al límite del formato.

Estos patrones recuerdan el concepto de “Quality Television”, que también apela al auge del autor televisivo y al reconocimiento de la crítica. Dicho término es utilizado para designar productos de televisión de origen estadounidense -principalmente series-. Los productos mediáticos así denominados se caracterizan por la complejidad narrativa, la importancia del drama, la madurez, la hibridación genérica, la profundidad de contenidos, la calidad estética y audiovisual, y la presencia de personajes realistas y complejos [2] .

En “Locos por las series”, el sexto capítulo, la autora vuelve a destacar el aumento de los “serieadictos” a partir de la expansión del uso de las nuevas tecnologías, ya que estas han aumentado las opciones de consumo (“en cualquier momento y en cualquier lugar” es el eslogan de muchas campañas) y también han permitido el desarrollo de una audiencia cada vez más activa a partir de las posibilidades de la sociabilidad digital. Siguiendo esta línea temática, Cascajosa da cuenta de la “seriefilia” y de sus particularidades: aumento de los discursos críticos, festivales de cine, festivales específicos de TV, espacios temáticos en redes sociales digitales, revistas, radios, eventos y blogs. La autora menciona como ejemplo de estos últimos: “La chica de la TV”, “ByTheWay”, “El diario de Mac Guffin”, “Enciende y vámonos”, …hasta llegar a los más recientes como “VerTele” o “TodoSeries”.

El séptimo capítulo, “Made in Spain”, se centra particularmente en las producciones españolas. El éxito de estas ha radicado en el contenido local. Al mismo tiempo, la búsqueda de diferentes clases sociales, segmentos de edad, géneros y tramas ha propiciado su alta aceptación. No obstante, el éxito no solo se mide por las audiencias; la recepción crítica, los premios y la visibilidad para las cadenas son también aspectos cruciales.

Para la autora de este libro, las series españolas han desarrollado un sistema “de indudable éxito comercial, competencia profesional y eficacia industrial, pero tendente al conservadurismo y con dificultades para competir internacionalmente debido a elementos como la larga duración” (P. 225). Cascajosa acaba subrayando también la falta de oportunidades y la escasa legitimación del medio, así como la ausencia de un corpus crítico sólido que ofrezca una visión crítica de su importancia estética, social y cultural. Es, en este sentido, que la autora defiende la necesidad de apostar claramente por la construcción de un canon televisivo.

Después de analizar diferentes series españolas, en el libro se demuestra como el aumento de las relaciones familiares disfuncionales, el misterio, la juventud y los aspectos visuales son rasgos comunes. No obstante, también se define las series españolas como “más contenidas, quedándose en el ámbito del pasado, la historia y la nostalgia, con referencias a clásicos, adaptaciones literarias o recreaciones históricas” (p. 247).

Finalmente, en el Epílogo, se vuelve a insistir en el ascenso de la consideración cultural de las series de televisión. Se argumenta que esta revalorización puede ir en aumento, sobre todo por la crisis de sus grandes competidores – el cine, la literatura y la universidad-, pero sin olvidar que se han de apreciar las series por lo que significan, y no por lo que son, siendo esto último una tarea pendiente.

En definitiva, “La cultura de las series” se torna un libro interesante para todo aquel que disfrute viendo series y que esté interesado en conocer sus orígenes, particularidades y caminos. Los detalles que el libro aporta, ejemplos nacionales e internacionales de series y cadenas de televisión o datos de personas ilustres en el mundo de la ficción televisiva, enriquecen la lectura y facilitan la comprensión del paradigma televisivo actual.

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[1] Acceso a: http://www.lavanguardia.com/series

[2] Se recomienda leer: López Rodríguez, F. J. (2015) Post-feminismo(s), Quality Television y Breaking Bad, en Revista ZER, vol. 20, núm. 38, 143-159. Acceso en http://www.ehu.eus/zer/hemeroteca/pdfs/zer38-08-lopez.pdf

 

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