El texto y lo audiovisual han estado en el centro de la gran mayoría de las experiencias informativas y narrativas, pero ahora se está produciendo un cambio de foco en la cultura digital: vamos hacia lo sonoro.

En julio Spotify, la mayor plataforma sonora del mundo, lanzó simultáneamente el mismo pódcast narrativo traducido y adaptado a cuatro idiomas y mercados distintosSonia (en español), Sara (en francés), Susi (en alemán) y Sofia (en portugués de Brasil). Son versiones de Sandra, la serie original que escribieron en inglés Kevin Moffett y Matthew Derby, estrenada en 2018. Los cinco nombres femeninos se refieren al mismo asistente personal que, pese a expresarse con una única voz robótica, no es en realidad un algoritmo, sino cientos de personas que buscan información y responden preguntas al otro lado de la línea telefónica.

Es sintomático que Spotify haya realizado esa gran apuesta global precisamente por una historia que tiene que ver con las relaciones de intimidad entre las voces digitales y las humanas. Los auriculares inalámbricos, los altavoces inteligentes y los agregadores de archivos sonoros están cambiando nuestra relación con las tecnologías y con los relatos: la están volviendo más audio que visual. Y en el nuevo escenario sonoro, la producción de pódcasts de alta calidad no para de crecer, como si necesitáramos urgentemente que nos contaran cuentos al oído.

Después de dos décadas en que la informática personal, la telerrealidad, las series, los teléfonos inteligentes y las redes sociales se han influido y reforzado mutuamente, situando el texto y lo audiovisual en el centro de la gran mayoría de las experiencias informativas, narrativas y personales, se está produciendo un cambio de foco en la cultura digital hacia lo sonoro. En el ámbito de las narrativas artísticas, ese inesperado giro argumental tal vez esté influyendo en el fin de la tercera edad de oro de la televisión y el nacimiento de la primera del pódcast.

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