Seguramente, el millennial que más éxito ha tenido es Mark Zuc­kerberg, de treinta y cinco años, cuya red social alcanza ya un valor de once dígitos. Tirando por lo bajo, con sus cincuenta y cinco mil millones de dólares, Zuckerberg tiene cinco millones de veces más dinero que una familia estadounidense media, cuyo capital ronda los once mil setecientos dólares. Es la octava persona más rica del mundo. Como fundador de Facebook, controla de manera efectiva algo parecido a un Estado­ nación: habida cuenta de que una cuar­ta parte de la población mundial utiliza su web al menos una vez al mes, puede influir en unas elecciones, cambiar el modo en que nos relacionamos entre nosotros, así como controlar a grandes trazos las definiciones de lo que es aceptable socialmente o no. El rasgo más característico de Zuckerberg es que carece de una personali­dad discernible. En 2017 hizo una gira por Estados Unidos que llevó a que crecieran los rumores sobre la posibilidad de iniciar la carrera hacia la presidencia, al tiempo que transmitía la sensación de ser un extraterrestre que estaba aprendiendo a hacerse pasar por uno de nosotros. La disonancia en el corazón de Facebook se debe, siquiera en parte, al hecho de que es ese hombre, entre todos los posibles —el mismo que dijo en una ocasión que tener diferen­tes identidades demostraba «falta de integridad»—, quien enten­dió mejor que nadie que las personas, en el siglo XXI, se converti­rían en una mercancía como el algodón o el oro.

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