Hace unas semanas, antes de que nuestra cotidianeidad sufriese una brusca y en muchos casos dolorosa transformación, participé en la presentación de una novela que yo mismo había traducido, Los motivos de Aurora, de Erich Hackl. Esta novela reconstruye un acontecimiento que conmocionó a la sociedad de su época: el asesinato de la jovencísima activista política y feminista Hildegart Rodríguez cometido por su propia madre, Aurora.

Durante la presentación, y ya antes en nuestro intercambio de correos electrónicos, Erich había expresado su malestar con la novela y una cierta ambivalencia por su reedición. No era solo un malestar debido a que se trataba de su primera novela y todos los escritores solemos distanciarnos de nuestras primeras obras –a veces sin reconocer lo suficiente que, mejores o peores, son la base de lo que hemos escrito después–, sino que había otro motivo más concreto y profundo: aunque había utilizado toda la documentación de la que pudo disponer para narrar el caso, hay partes de la novela en las que usa la imaginación para reconstruir momentos de los que no hay constancia documental. Investigaciones posteriores han mostrado que algunas de esas reconstrucciones imaginativas no se ajustaban plenamente a los hechos, y Erich lamentaba no haber tenido quizá la suficiente diligencia, y haber contado, por tanto, cosas que “no eran verdad”. Luego explico este entrecomillado.

Hace también pocas semanas leí con estupor que la escritora húngara Agota Kristof, autora de maravillas como la trilogía de Claus y Lucas, había decidido dejar de escribir porque consideraba que, al hacerlo en francés y al ser la lengua la base de su identidad, el empleo de lo que llamó una “lengua enemiga” le impedía escribir algo que fuese verdadero.

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