Sólo el 10% de las fotos que son eliminadas de Instagram y Facebook han sido previamente denunciadas por otrxs usuarixs. ¿Qué pasa con el otro 90%? ¿Se trata solamente de los efectos de un algoritmo? La decisión de eliminar imágenes responde en gran parte a lo que se conoce como “moderación humana”, una selección llevada adelante por empresas tercerizadas cuyos empleadxs, en muchos casos, residen en países donde la homosexualidad es delito. La fotógrafa brasilera Ana Harff investigó la trama de arbitrariedad, precarización y homofobia detrás de cada click que reprueba la imagen de un cuerpo por considerarla inapropiada, y cuenta aquí cómo viene enfrentando estas formas de censura.

Hubo un momento en el que la humanidad perdió la fe en eso que llamaba la realidad y empezó a creer solo en la proliferación infinita de imágenes. Fue el tiempo del simulacro al poder. La red social que consagró el fragmento como fetiche fue Instagram donde, como dijo Bifo Berardi, todo se convirtió en cifras, algoritmos, ferocidad matemática y acumulación de nada.

Sin embargo, lejos de un tráfico fluido de pantallas, la dinámica de control sobre lo que se puede y no ver conjuga arbitrariedad, vigilancia, precarización y homofobia. Eso lo sabe muy bien Ana Harff, una fotógrafa brasileña que vive en Argentina hace más de 10 años y que hizo de los desnudos su marca estilística. Antes de dedicarse a la fotografía trabajó subtitulando al portugués películas pornográficas para Playboy For Men, donde el cuerpo de las mujeres permanecía perenne a la cosificación machista. La exposición sostenida a ese tipo de imágenes la impulsó a darle forma a sus dos primeros proyectos fotográficos: Única y Ser gorda, “Al estar expuesta de forma permanentemente a esas imágenes empecé a ver las cosas que a mí me incomodaban desde antes sobre cómo es mostrada la sexualidad femenina, pero que quizá no podía terminar de ponerle un nombre. Esa mujer siempre disponible, multiorgásmica, no tenía que ver con mi realidad ni con la de muchas mujeres que conocía. Las imágenes que menos rechazo me causaban eran las escenas entre dos mujeres, porque ahí se notaba al conocimiento del cuerpo femenino de las actrices, más allá de la indicación del director, o la dominación masculina que puede ejercer el propio espectador a través de su mirada. A partir de esa incomodidad, comencé a explorar el cuerpo de la mujer en mis proyectos fotográficos, me vinculé con las corporalidades femeninas que había en mi entorno, y más tarde llegaron las corrientes feministas como resultado de ese trabajo de registro que como una intención previa. Sentí la necesidad de que el cuerpo de la mujer tenga más libertades y menos miradas que la objetiven. Mostrar el cuerpo desnudo desde otro ángulo, que no sea el consumo erótico o sexualizado. Empecé a convocar a encuentros colectivos, y discutir cuestiones referidas a las expectativas sociales sobre nuestros propios cuerpos. Con el paso de los años Única se convirtió en un divisor de aguas para mí: entré de cabeza al feminismo y de a poco la serie salió de su formato individual para un formato colectivo, un encuentro de mujeres. Con distintas edades, nacionalidades y experiencias de vida, nos unimos con un mismo propósito: contar nuestras historias a través de nuestros cuerpos, a través de nuestras luchas como mujeres. Apropiarse de nuestros cuerpos es quizá la batalla más difícil de todas. En ambos proyectos se tematizaban las corporalidades diversas y los modos de adueñarse de la propia imagen”, señala Ana.

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