KARELIA VÁZQUEZ

Deje de ejecutar tareas. Pare. No reaccione a esa notificación. Respire y oponga resistencia. No ceda terreno y haga justo lo contrario de lo que el ordenador espera: usted no es un dato ni quiere serlo…, usted es quien interpreta el dato, quien piensa, une los puntos y decide. Abandone el piloto automático, dude, use sus superpoderes para cerrar el Excel y aplace esa respuesta. Deje de alimentar a la bestia. No se contagie por la voracidad del algoritmo. Usted tampoco es un algoritmo. Imponga sus reglas y reafírmese como lo que es, un ser humano contradictorio, de pensamiento lateral, dado a imaginar realidades paralelas, y así debe seguir siendo si quiere dominar a la máquina. No intente parecérsele y huya en sentido contrario. Cultive esa virtud que le ha sido negada al algoritmo: improvise y sáltese el guion. En eso somos insuperables.

No son pocos los observadores de nuestras modernas vidas que advierten de que vamos con el rumbo equivocado: en lugar de entrenar para ser abejitas multitarea, aprender Excel y obedecer al calendario de Google, las empresas deberían pagarnos por divagar y entrenar la libertad cognitiva, hacer lo que siempre se nos ha dado bien: interpretar la información que tenemos y crear escenarios alternativos para avanzar.

Su teoría es que si al grito de “¡Llegan los algoritmos!” intentamos competir, tenemos la guerra perdida. Si, en cambio, hacemos lo que ellos no pueden hacer, por ejemplo, salirnos del guion y experimentar, los humanos seguiremos al mando.

Ante tanto contenido desenfrenado y sujeto a algoritmos impredecibles, tenemos que entrenar el único superpoder que nos distingue. Unos lo llaman contextualizar, algunos encuadrar y otros enmarcar. Es el arte de separar el grano de la paja, concentrarnos en lo esencial, encender las luces largas y guiar el esfuerzo y la intención hacia un objetivo.

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