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La ciencia académica sufre desde hace unos años una enfermedad que consiste en un enorme aumento del número de publicaciones científicas sin el correspondiente avance del conocimiento. Los hallazgos se cortan en rodajas tan finas como el salami y se envían a diferentes revistas para producir más artículos.

Estos logros espurios de la Academia, representados por montañas de publicaciones no apreciadas y no leídas, son sin duda un despilfarro de artículos de solo escritura. Es un proceso de publica-y-perece en el que la mayoría de los trabajos se pierden.

Si consideramos los artículos académicos como una especie de moneda científica respaldada por lingotes de oro en el banco central de la ciencia verdadera, estamos asistiendo a un fenómeno de inflación de artículos, una auténtica burbuja cienciométrica.

La situación fue descrita ya en 1981 en la revista Science, con una crítica a la reducción de la longitud de los artículos y al abuso de las llamadas unidades mínimas de publicación (LPU por sus siglas en inglés). Las cosas han ido a peor desde entonces.

Por qué son necesarias las publicaciones científicas

No cuestionamos la necesidad de publicar los resultados científicos. La ciencia es un asunto público que debe ser discutido en la plaza pública, es decir, en talleres, conferencias y revistas científicas.

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