Rossana Reguillo, la mujer de preguntas incómodas y risa contagiosa. In memoriam (1955-2026)

Dedicar unas palabras a alguien que se fue no es fácil. Siempre pienso que deberíamos decir todo lo que sentimos y pensamos cuando las personas aún están en el plano terrenal del mundo. Pero a la vez, estos momentos de tristeza por la ausencia son también motor de expresión para recordar a la persona que ya no está.

Hablar de Rossana Reguillo podría llevarnos muchas páginas para destacar su extensa experiencia docente, sus centenares de conferencias magistrales, todas las tesis que dirigió, las investigaciones que impulsó y desarrolló. Pero eso, o mucho de eso, ya lo sabemos y no es difícil acercarnos a su prolífica obra, publicada y ampliamente reconocida en México, América Latina y España. Estas páginas quieren hablar no sólo de la Rossana Reguillo académica, sino, sobre todo, de la Rossana persona, colega, maestra, amiga, inspiradora de muchas generaciones de hombres y mujeres que hoy se preguntan por qué tuvo que partir tan tempranamente alguien con tanto todavía por hacer, decir y luchar.

Rossana fue una figura decisiva para el pensamiento social crítico latinoamericano. Sus aportes en el abordaje de las ciudades, los miedos, las juventudes y las redes sociales, entre muchos otros temas, trascienden el campo de la comunicación. Ella estuvo siempre orgullosamente en los márgenes. Antropóloga, socióloga, comunicóloga. No le importaron mucho las etiquetas. Su motor era descubrir, develar, sin dejar nunca de aprender. Su pasión fue estar en la calle con las y los jóvenes, a quienes no investigó de forma estéril como “objetos de estudio”, sino que los acompañó, los abrazó, hizo camino con ellos.

Rossana transmitía pasión en cualquier momento. En una conversación cotidiana en un café o en una conferencia magistral. No le gustaba la neutralidad, no dejaba indiferente. Sus palabras resuenan aún en muchas y muchos de quienes tuvimos el gusto y la suerte de conocerla y compartir momentos con ella. Sus palabras fuertes, enérgicas, comprometidas, directas, metafóricas, imaginativas. A veces inventó palabras nuevas, porque las que había no le parecían suficientes para nombrar lo que veía.

Ver más allá de lo evidente, posicionarse, criticar desde adentro y desde los márgenes, construir conocimiento sobre lo que suele ser callado e invisibilizado, apostar por otras formas de estar en el mundo académico, por fuera de la “productivitis” y los puntos. Nombrar y acompañar, a eso dedicó su esfuerzo, su mente brillante, sus ganas de comprender el mundo y, sobre todo, de intervenirlo y de ayudar a cambiarlo. Y sembró muchas semillas. Dejó huella en quienes se preguntan por qué en México matan a los jóvenes, en las madres buscadoras de personas desaparecidas, en las y los colegas de Guadalajara, México y América Latina con quienes compartió pasiones, lecturas, charlas efímeras en los pasillos de algún congreso o largas conversaciones más pausadas. Pausadas pero dinámicas, a veces aceleradas, pero siempre fuente de luchas y esperanzas.

Rossana fue inagotable. Pese a sus problemas de salud, nunca abandonó el mundo de las ideas en el que ella se sentía cómoda: un mundo alejado del confort de quien vive sólo del currículum y los reflectores de la fama, un mundo más cercano a la ciudadanía de a pie, un mundo de y para las personas, un mundo necesitado de más y mejores preguntas, un mundo que no hay que aceptar de forma resignada como “el que nos tocó vivir”, sino al que hay que interpelar -y denunciar- con interrogantes incómodas, insurrectas, insumisas y arriesgadas.
Conversar con Rossana, en directo o a través de sus libros, nunca dejaba indiferente. No sé muy bien si lo hacía a propósito y de forma premeditada -como maestra de maestras- o si simplemente lo lograba de forma natural y espontánea, casi automática. Sea como sea, hablar con ella te provocaba siempre alguna nueva pregunta y te alimentaba las ganas de seguir construyendo y aportando algo más.

Tuve la oportunidad de conversar con ella hace unos meses, en una entrevista formal para un proyecto de investigación. Lo que me tocó más hondo de esa conversación fue su coherencia, su humor y la determinación con la que defendió siempre, hasta el último día, sus ideas. Ambas compartíamos, además, amor por Catalunya, la tierra que me vio nacer y crecer y a la que Rossana guardó siempre un profundo cariño y respeto, y en la que deja afectos -muchos de ellos, compartidos- también muy profundos. Ni ella ni sus afectos tuvieron fronteras. O si las tuvieron, las atravesaron sin pudor ni temor.

Rossana Reguillo renovó los estudios sobre juventud, desplazando la mirada adultocéntrica de la juventud como problema hacia una mirada que comprendió y acompañó a la juventud en toda su complejidad, como sujeto con agencia y capacidad de incidencia. Otro de sus aportes más reconocidos es el análisis de las violencias contemporáneas; muchos de sus trabajos contribuyeron a poner en evidencia el sistema estructural (económico, político y cultural) que sostiene a las violencias. En este marco, desarrolló un concepto provocador, la necromáquina, para explicar de qué manera se articulan el crimen organizado, el Estado y la economía. Su modo de analizar y narrar las violencias como experiencias vividas, afectivas y cotidianas, especialmente entre las juventudes, abrió y consolidó agendas de investigación en México y América Latina. En el terreno específico de la investigación en comunicación, hay que destacar que Rossana integró de forma magistral los estudios culturales, la antropología y la comunicación, configurando unos lentes interdisciplinarios que le permitieron -y nos permiten- ver a la comunicación como una dimensión constitutiva de los procesos socioculturales. En este marco, analizó el papel de las narrativas y los discursos mediáticos en la producción de imaginarios sociales, y más recientemente, estudió el papel de las redes sociodigitales en la acción colectiva y la disputa por la agenda pública. Toda su agenda de investigación estuvo impregnada de activismo, y así le gustaba ser reconocida, como académica-activista, como activista-académica. Y desde ese lugar de combinación del análisis académico y el activismo y la denuncia pública, impulsó espacios como el Signa Lab, dejando clara su apuesta por una ciencia social comprometida éticamente, nunca neutral, siempre arriesgada.

El pensamiento de Rossana fluía, volaba, prendía, estaba a leguas de lo ortodoxo del mundo académico, tan previsible, tan obediente, tan rígido. Y desde ahí desafiaba siempre a la falta de imaginación, construía con intuición e inteligencia, denunciaba las brutalidades cotidianas del mundo que habitamos, acompañaba a quienes necesitaban hacerse más y mejores preguntas y siempre, siempre, contagiaba su risa. Una risa poderosa que aún resuena en quienes la escuchamos tantas veces. Hablar de los aportes de Rossana Reguillo al pensamiento comunicacional en México y América Latina es algo que seguramente harán otros académicos. Yo me quedo, sobre todo, con su energía arrolladora, sus preguntas incómodas y sus risas.

Marta Rizo García
Profesora Investigadora Titular
Academia de Comunicación y Cultura / Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Investigadora Nacional II (Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, México).
Colaboradora internacional del InCom – UAB
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