Pavlovsky: «Aquí estoy tal como soy»

+ info: CCMA

«PAVLOVSKY» (2020), una producció d’Estudi Bárbara Granados en coproducció amb Televisió de Catalunya i TVE, amb la col·laboració de Pep Molina, Manel Pousa, Fundació Pare Manel, Lluís Coromina Isern, Josep Maria Ferrer Aris, El Tricicle, Mario Gas i Joan Matabosch.

Hal Fischer: Gay Semiotics

+ info: Hal Fisher

Since 1977—when the first exhibition of the this series took place in San Francisco—Gay Semiotics series has been recognized as a unique and pioneering analysis of a gay historical vernacular and as an irreverent appropriation of structuralist theory. Taken directly from Fischer’s personal experiences living in the vibrant gay communities of San Francisco’s Castro and Haight-Ashbury districts, Fischer’s photo-text deconstructions are laced with humor and a formal photographic esthetic indebted as much to textbook and advertising images as it is to the photographs of August Sander.

New Book: Hal Fischer: The Gay Seventies. Edited by Griff Williams, Troy Peters. Essay by Hal Fischer.

Intentando atrapar los contornos de las desorientaciones

Amparo Huertas Bailén, directora del Máster en Comunicación LGTBI+ (InCom-UAB),  reseña el libro: Ahmed, Sara (2019): Fenomenología Queer: orientaciones, objetos, otros. Barcelona: Edicions Bellaterra.

Si te interesa saber más sobre las disidencias sexuales y el modo de pensarlas desde la experiencia directa, conocer a Sara Ahmed es una obligación. Aunque quizá este no sea el mejor título para adentrarse en su obra, pero por algo se ha de empezar.

No es este un libro sobre comunicación. Pero, dado que uno de sus principales ejes de reflexión gira en torno a cómo se define aquello que se considera una “vida recta” y qué hace que esta se perpetúe, no cabe duda de que su lectura acaba siendo útil para pensar en el papel de los medios. Sobre todo, si consideramos que la “imitación” resulta clave en ese proceso.

Las “líneas que nos dirigen”

En el primer capítulo, a partir de un juego teórico, retórico y hasta poético en torno a los objetos (cómo nos relacionamos con ellos, cómo llegan a nuestras vidas, cómo las manos pueden acabar siendo vistas como una parte más de los mismos,…), Ahmed reflexiona acerca de lo “queer”. La autora centra su atención en los muebles -y, muy especialmente, en las mesas-, pues ello le permite hablar de las “líneas que nos dirigen” en la vida. Nos recuerda a Hannah Arent cuando, en “La condición humana”, habla acerca de la mesa como mediación entre los cuerpos que se reúnen alrededor de ella o de la mesa de la cocina como lugar de “apoyo” de la reunión familiar a partir de Janet Carsen en su obra “After Kinship”.

Ahmed aclara en la página 44 el objetivo de su libro. La finalidad no es desarrollar una fenomenología de la diferencia sexual, “dado que esto ya ha sido hecho de forma convincente por filósofas feministas” (p. 45), entre las que aparece mencionada Beauvoir. “En cambio, muestro cómo la fenomenología se enfrenta a una dirección determinada, que depende de relegar otras ‘cosas’ al transfondo, para analizar cómo la fenomenología puede estar marcada por el género como una forma de ocupación” (p. 55). Quizá es todavía muy pronto para entender el objetivo, pero al final de la lectura, ya no hay ninguna duda: se trata de “mostrar que las orientaciones están organizadas en vez de ser casuales” (p. 218).

El modo en que colocamos los objetos en el hogar hace que dirijamos las miradas en una dirección u otra. La función que asignamos a cada objeto determina lo que podemos hacer con ellos. Para entender a Ahmed, que sigue a Husserl, se ha de estar dispuesto/a a suspender todo lo que se considera como una actitud natural. Esta es la única forma de llegar a los objetos, pues el objeto familiar lo es por haber logrado pasar desapercibido, y, por tanto, asumir esto también es imprescindible para entender lo queer. Ahmed nos propone prestar atención al fondo para entender las condiciones de emergencia de algo.

A partir de ahí, la autora desarrolla todo un ensayo sobre el modo de habitar los espacios, siguiendo muy de cerca a Merlau-Ponty. Ahmed no trata acerca de la sexualización de los espacios: “lo que hace a los cuerpos diferentes es cómo habitan el espacio: el espacio no es un contenedor para el cuerpo; no contiene un cuerpo como si el cuerpo estuviera ‘en él’. Más bien los cuerpos están sumergidos, de modo que se convierten en el espacio que habitan; al ocupar el espacio, los cuerpos se mueven a través del espacio y se ven afectados por el ‘dónde’ de ese movimiento” (p. 80). Ahmed, para hablar de qué es aquello que hace que unos movimientos se consideren los correctos -y otros, no-, no se olvida de mencionar -en este orden- a Pierre Bourdieu (y el habitus como sistema de disposiciones duraderas) y a Judith Butler (la historia se sedimenta a partir de la repetición de la acción corporal).

La orientación sexual como identidad

En el capítulo 2, titulado “La orientación sexual”, Ahmed comienza señalando que la consideración de la orientación sexual como identidad es un fenómeno reciente. Y, para ello, recurre a una cita de Michel Foucoult, extraída de su obra sobre la historia de las sexualidades, en la que expresa que la sexología moderna ha transformado ‘las prácticas sexuales desviadas’, que han pasado de ser una “aberración temporal” a una “especie” (p. 100). En este camino, Ahmed aprovecha para cuestionar a Freud. Apoyándose en Teresa de Lauretis, Ahmed apunta (en una nota a pié de página) que (Freud) “sólo es capaz de teorizar a la lesbiana femenina buscando signos de masculinidad en su cuerpo o en su psique” (p. 109). O, más adelante (p. 133), Freud vuelve a surgir como objeto de crítica cuando explica su influencia en la formación del estereotipo de la lesbiana asociada “con la decepción por no ser objeto del deseo de los hombres”.

La heterosexualidad como imposición

Pero la idea que acaba ocupando mayor número de páginas es la heterosexualidad como imposición. A Ahmed, más que entender la des-coordinación entre sexo, género y orientación sexual, lo que le cuesta es responder a cómo es posible que se dé su alineación en el “llegar a ser heterosexual”. En su reflexión recurre a teorías feministas, lesbianas y gais.

Pero también se detectan puntos de ironía, como cuando, citando a Ellis, recuerda que las lesbianas parece que tengan que inventarse una diferencia para justificar que se desean, pues la persona hetero no entiende que se puede desear a alguien a quien consideran un igual. Resulta interesante comprobar que, ante la imposición de la heterosexualidad, las disidencias busquen construir lenguajes propios. Para explicar esta idea, Ahmed bebe de la feminista lesbiana Marilyn Frye, quien considera “que las orientaciones lesbianas pueden adoptar muchas formas sociales y sexuales precisamente porque no dependen de los términos que aparecen en los vocabularios sexuales existentes” (p. 146).

El núcleo familiar

El núcleo familiar como institución que asegura la reproducción de la cultura es otro aspecto que, de forma dispersa, va apareciendo a lo largo de toda la obra. Por ejemplo, llega a tratar del regalo como reproductor de la vida (lo que nos recordó aquella obra de Sophie Calle en la que fotografió los regalos que recibió por su cumpleaños durante varios años) y, justo ahí, habla de la mujer como mercancía/regalo para asegurar las relaciones de parentesco. La importancia del tema queda algo disimulada, pero, por si no quedaba claro, Ahmed le acaba dedicando unos cuantos párrafos en las conclusiones a raíz de su crítica al matrimonio como institución.

Las dimensiones raciales

El capítulo 3, «Oriente y otros otros», es el más personal de todos -incluso, en la página 195, explica una experiencia propia, cuando le pararon en el aeropuerto de Nueva York-. En este apartado introduce la cuestión de las dimensiones raciales: “la desorientación afectada por el racismo disminuye la capacidad de acción” (p. 157); “la raza se convierte en un objeto social y corporal, o en lo que recibimos (cursiva en el original) de los demás como una herencia de esta historia” (p. 158); “la blanquitud -y, siguiendo a Ahmed, también la heterosexualidad- es invisible y no está marcada” (p. 170). Retoma aquí a diversos/as autores/as, pero también aparece un clásico (Edward Said).

De forma puntual, Ahmed trata acerca de los archivos como “dispositivos de orientación”, un apunte muy acertado. Y tampoco se olvida de hablar de la nación (p. 166) como colectivo que implica “orientaciones compartidas hacia y alrededor de objetos” que acaba generando el efecto de “coherencia corporal”.

Les animamos a que lean el libro y que ustedes mismos/as encuentren muchos más apuntes y recortes interesantes. Pero, mejor, acabamos esta reseña con una advertencia. Ahmed plantea que es muy importante no idealizar los mundos queer y, al mismo tiempo, indica que no es conveniente localizarlos exclusivamente en espacios alternativos/efímeros: “los deseos lesbianos ya eran, por así decir, queer antes de que llegara lo queer” (p. 151).

Entrevista publicada en marzo de 2019 en El Salto:

Sara Ahmed: “La felicidad es una técnica para dirigir a las personas”